Que ça a été beau,
que ça a été doux
de venir avec moi
chercher les enfants
à la sortie de l'école
vers cinq heures et demie
douce dame jolie !
que ça a été doux
de venir avec moi
chercher les enfants
à la sortie de l'école
vers cinq heures et demie
douce dame jolie !
En el colegio francés, una de mis compañeras se llamaba Diane. Llevaba trenzas.
Tanto a Diane como a mí nos gustaba muchísimo la clase de dibujo. Ambas sacábamos muy buena nota.
Nos enzarzamos en una discusión sobre quién de las dos era la mejor, si ella o yo (cosas de crías). Diane me propuso que, el próximo lunes, trajésemos un dibujo hecho en casa sobre el mismo tema y entonces compararíamos nuestros trabajos.
Las dos leíamos asiduamente un libro con láminas preciosas:
y leíamos también las demás aventuras de Sophie de la colección.
Para nuestro dibujo elegimos esta imagen de Paul, que era el primo de Sophie:
Ese fin de semana me esmeré dibujando a Paul. Lo hice en media cuartilla blanca y lo coloreé con lápices de la marca suiza Caran d'Ache, considerados de la más alta calidad. Me quedé muy orgullosa del resultado obtenido.
Cuando llegó el lunes, Diane sacó un pliego con su dibujo pintado a acuarela. Me quedé boquiabierta contemplándolo.
Estaba tan admirada que no me atreví a mostrarle el mío; dije que se me había olvidado. Ella me explicó que tenía una profesora particular de dibujo. Y ya nunca volvimos a retarnos.
Un día, Arminda, mi criada preferida, me preguntó si tenía una princesa en mi clase. Yo evoqué las imágenes de princesas que había visto en los cuentos:
y respondí que no, ninguna niña de mi clase llevaba corona ni tenía aspecto de princesa.
Hacia final de curso, Diane nos invitó a Colette, a Dominique, al niño cuyo nombre no recuerdo y a mí a merendar en su casa.
Entonces mi madre me explicó que Diane era la princesa d'Orléans. Y se afanó en darme recomendaciones de cómo debía comportarme en su casa.
Sabiendo que yo era bastante glotona, me enseñó algunas reglas de etiqueta: que no debía poner los codos sobre la mesa, ni hablar con la boca llena, ni comer deprisa, ni pedir más, ni lamer el plato si algo me gustaba mucho. Que incluso era mejor dejar un pequeño resto en el plato, pues era una forma elegante de decir que en nuestra casa también comíamos bien.
Actualmente lo que se considera correcto es comer hasta el último bocado que nos han preparado, como muestra de agradecimiento a la persona que se esforzó en cocinar para nosotros.
La residencia principal de la familia durante su exilio en Portugal fue la Quinta do Anjinho, en Sintra, a unos 30 km de Lisboa.
Mi colegio estaba en una calleja estrecha, paralela a la Praça dos Restauradores, a la derecha si se mira hacia la Avenida da Libertade.
Era un colegio francés, niños y niñas franceses, profesores franceses, todos hablaban francés de manera natural, salvo yo que no tenía ni idea.
Me pusieron en la clase "Douzième" (12ª), que correspondía a los niños de mi edad, 5 años. Aún no me habían enseñado a leer ni a escribir.
Tan pocos alumnos éramos que solo había dos profesores, que además eran los dueños del colegio: Mademoiselle y Mon Père (sacerdote).
Mademoiselle se ocupaba de los pequeños y Mon Père, de los mayores.
Por lo visto aprendí rápido pues me pasaron pronto a la clase "Onzième" (11ª), para niños de 6 años. Después estuve en la clase "Dixième" (10ª), en la "Neuvième" (9ª), etc. Íbamos subiendo de clase aunque el número de la clase descendía, hasta llegar a "Première" (1ª), según el sistema educativo de esa época en Francia.
El colegio ocupaba un primer piso y había que subir escaleras. Entrabas en un vestíbulo grande y oscuro, sin ventanas. A la derecha, un pasillo llevaba al patio, al que se accedía por un puentecillo. El patio era de grava, y a la derecha había un corral con conejos. Nos quedábamos embobados mirándolos, cómo movían los hocicos al comer hojas de lechuga y zanahorias.
A la izquierda del vestíbulo se abrían dos puertas, cada una daba a una gran sala luminosa, con un ventanal. La primera era la sala de Mon Père, para los niños mayores, y la segunda, la de Mademoiselle, para los pequeños.
Mi sala tenía varias mesas transversales muy alargadas, que ocupaban todo el ancho de la habitación, dejando un pasillito a ambos lados. Y a cada mesa, con sus bancos de madera, le correspondía una clase.
Cuando cumplí 7 años, mi clase era la de los mayores de la sala de Mademoiselle, y éramos 5 alumnos, tres niñas: Colette, Diane y yo (me llamaban Mimí), y dos niños: Dominique Laqueue y el otro no me acuerdo cómo se llamaba.
A Colette le pusieron el mote de "Côtelette de beurre", a Dominique, "La queue du chat" y a mí, "Grosse boule", porque era gordita. Diane y el otro niño no tenían motes.
Con Colette hicimos muy buenas migas. Me invitaba a jugar a su casa, y ella venía a la nuestra.
Lo que más me costaba eran los dictados (en francés, por supuesto). Momentos antes de dictarnos un texto, Mademoiselle nos lo mostraba en un papel, y yo intentaba memorizar cuándo se escribía "et" o "est" (que en español sería la conjunción "y" o el verbo "es"), pues en francés se pronuncia de manera parecida y yo no era capaz de distinguirlos.
Me gustaban mucho las canciones que nos enseñaban, por ejemplo:
- J'ai du bon tabac dans ma tabatière
- Meunier tu dors, ton moulin va trop vite
Un día mi madre, después de pedir permiso a Mademoiselle, me había dado una moneda de 1 escudo para que bajase a la papelería a comprar un cuaderno que me faltaba. Era la primera vez que salía a la calle yo sola.
La papelería estaba justo enfrente del colegio, a muy pocos pasos. Encontré cerrada la tienda, así que volví a subir las escaleras del colegio con el escudo en la mano.
Mientras subía, bajaba un señor. Me sonrió. Llevaba un maletín y tenía todos los dientes de oro.
Al pasar por mi lado me pidió un besito (beijinho). No me extrañó porque estaba acostumbrada a que los mayores me dieran besitos. Me paré para que me besara.
Pero fue un beso muy complicado: me abrazaba, me tocaba los lóbulos de las orejas, me levantaba la falda, me acariciaba las piernas, los muslos...
Yo no sabía qué pensar. Tenía miedo de que quisiera quedarse con el escudo que yo apretaba bien fuerte en el puño cerrado, o que me robase los pendientes...
Entonces tuve una idea: le di una patada en espinilla con toda mi fuerza. Debió de dolerle porque me soltó en el acto, y yo subí las escaleras corriendo y entré en el colegio.
Se lo conté a Mademoiselle. Ella se quedó muy preocupada y me pedía los detalles del encuentro con aquel señor. También lo conté en casa, y todos preocupadísimos. Yo insistía en el detalle de los dientes de oro y en que llevaba un maletín. Y que me quería robar el escudo y los pendientes.
Notaba que los mayores, cuando yo explicaba que el señor me quería robar, se entrecruzaban miraditas con un significado incomprensible para mí.
Al cabo de unos días, mi padre me comunicó que habían puesto policía secreta en la zona.
Pasó un tiempo. Yo ya no pensaba en el incidente.
Y la nueva noticia que me dio mi padre fue que la policía había atrapado al señor de los dientes de oro.
Madame,
jolie dame,
tous ces moments
vécus avec toi
resteront à jamais
dans ma mémoire
- Été 2026 -
("Madame" est juste une façon affectueuse d'appeler la jolie dame dans ce petit poème)
¿Qué sientes, niña?
— la alegría de la tarde
la calidez del sol
el roce del aire
¿Qué ves?
— cielo verde
hojas de árbol
sombra de espesura
¿Qué oyes, niña?
— rumor de hojas
murmullo de agua
música de bosque
¿Qué abrazas?
— la inmensidad
la grandeza
la infinitud
¿Estás contenta, niña?
— Sí
(Foto realizada por Josep Burcet Canet hace 18 años)
Estamos en las inmediaciones de la torre de vigilancia (torre de guaita),
contemplando el Barranco de la Argentada (conocido también como de la Argentera), que se abre ante nosotros.
El pino de la izquierda está infectado de procesionaria. Se nota por el capullo blanco que envuelve la punta. Eso me apena.
Observamos la cornisa de piedra que corona la montaña de enfrente. Un poco más abajo, se adivina una pista, casi paralela a la cornisa.
Usamos el teleobjetivo para ver la cornisa con mayor detalle.
Creemos adivinar una cueva en la cornisa. ¿A ver? Nos acercamos más con el zoom. ¡Sí! Ahora vemos claramente que es una cueva.
¿Se podrá acceder a ella siguiendo la cornisa? ¿Y cómo subimos hasta la cornisa? Hay un muro de piedra. Yo no sé escalar. Nos fijamos en que, hacia la izquierda, el bosque va subiendo de nivel y se junta con la cornisa. Quizá por ahí encontremos un sendero.
Vamos para allá con el 4 x 4 y aparcamos más o menos a la altura de la cueva. Digo más o menos porque los árboles no permiten ver la cornisa y no sabemos exactamente dónde cae la cueva.
No hay ningún sendero marcado que se adentre por el bosque, así que nos metemos en la espesura.
Vamos subiendo por entre los árboles, las piedras y los matorrales.
Yo creía que estas bolas rojas solo se daban en pleno invierno, por Navidad, y ahora estamos en primavera.
Hemos llegado a la base del risco. Para acceder a la cueva, tenemos que subir esta pared de piedra. Caminamos hacia la izquierda, porque el camino va subiendo y quizá llegue a la altura de la cornisa.
¡Qué flores tan extrañas! Tienen nectarios negros...
Por fin estamos en la cornisa. Seguimos por esta vereda.
Me vienen imágenes de que tropiezo y caigo por el barranco. Voy despacio y me apoyo con el palo de caminante.
Vemos la cueva a lo lejos.
Unos pasos más y penetramos en ella.
Nos sentamos un ratito en su interior.
Es curioso cómo cambia un paisaje cuando está enmarcado por la piedra. Ahora vemos la montaña de enfrente. Ahí donde se junta el techo de la cueva con la cima lejana, se adivina la estructura de la torre de vigilancia, desde donde descubrimos este lugar.
La cornisa sigue hacia nuestra izquierda.
Nos damos la vuelta y contemplamos el recorrido que hemos hecho.
Desde aquí, la cueva no se ve, está escondida detrás de los arbolitos.
Para volver, pasamos por una angostura entre una gran piedra y la pared vertical del risco.
Nos acercamos de nuevo a la cueva.
Llegamos a la entrada a la cueva.
Desde esta perspectiva, parece una ola de piedra gigantesca a punto de engullirnos.
Nos sentamos ahora a contemplar el Barranco de la Argentada, mientras merendamos.
Estamos dentro de la ola petrificada.
Se oye el zumbido de las abejas libando las flores de romero.
Y otra vez las extrañas flores, ahora con nectarios escarlata. En una de ellas se ha posado un pequeño insecto.
Caminando por ella nos fijamos en una mata de flores que crece en la roca, sin apenas tierra.
Me acerco a la mata.
Me conmuevo... ¿Cómo puede vivir una mata tan bella en este ambiente inhóspito? Aquí hiela en invierno y sopla el viento.
¡Qué delicadeza de hojas y flores!
Vamos descendiendo. Ahora nos fijamos en una roca con liquen.