Saturday, 19 September 2026

La casa de les flors blaves

Deja que suene la música mientras lees: Vangelis



 

Aquestes floretes ningú no se les mira 

Ningú no té cura d'elles

Són flors silvestres que creixen soles 

Ningú les ha plantades

Són bellesa amagada que 

Ningú no s'hi para a contemplar




Estan envaint una casa 

Que desapareix a poc a poc

Se la mengen 

Aviat només hi veurem les flors




Hi viuen ocupes, a la casa 

Però no se'ls veu mai

S'amaguen

Que potser tenen por de la planta?




Han passat 18 anys

La casa ja no hi és

De debó!

Ha desaparegut!

I no hi ha cap flor

No es veu la glòria del matí


Han passat 18 anys

Els ocupes tampoc no hi són

Jo sí

Encara passo pel pont

Potser no per gaire temps

Soc velleta

La velleta del barri

Em diuen

 

Han urbanitzat la zona 

Ho han deixat maco


Ara sé que no són flors silvestres

No han crescut soles

Algú les ha plantades

Són plantes invasives

I s'han escapat del jardí

Envaint la casa

I se l'han menjada


El seu nom és Ipomoea

Glòria del matí


La casa només es veu des del viaducte de Vallacarca

Vaig fer les fotos la setmana passada

L'1 de Juliol

De fa 18 anys


Thursday, 17 September 2026

Rafa, mi amigo astrólogo

 

Pintura de Gustav Klimt

Rafa me acababa de decir que no nos veríamos más.

Lo acepté enseguida.

Pero me había cogido por sorpresa.

No estaba preparada.

Era mi amigo.

Nos veíamos un día a la semana.

Ese día sus abrazos eran para mí.

Y se habían acabado.


No tenía ganas de estar sola esa noche.

¿A quién podía llamar?

Me acordé de Pere.

Pere me gustaba, con sus facciones infantiles.

Me dijo que podía ir.

Al entrar me condujo directamente a su habitación.

Yo ya había estado en su casa.

Aunque solo conocía el cuarto de estar.


Pere era arquitecto, y se notaba.

Su estilo era muy personal.


Se subió a la cama.

Era una cama a la que había que subirse.

No te podías sentar en ella y tocar el suelo con los pies.

Nunca había visto una cama tan alta.

Quizá en las películas.


Yo también me subí.

Casi podría decirse que trepé.

A los pies de la cama, en una alta cómoda blanca, un pequeño aparato de televisión, apagado.


La relación que tenía con Pere era superficial.

Solo nos habíamos visto en alguna fiesta.

Estaba casado y tenía una niña preciosa.


Ahora deseaba estar con él.

Para no pensar en Rafa, a quien no vería más.

Le expliqué que ese día me había llevado un disgusto y necesitaba compañía.

Pere me escuchaba, comprensivo.


Se tumbó en la cama.

Yo, sentada con las piernas cruzadas, le iba diciendo lo que se me pasaba por la cabeza.

Me preguntó: ¿Te dedicas al teatro?

Tenía razón, yo estaba gesticulando más de la cuenta.


Sí, estaba haciendo teatro. 

—No, no me dedico al teatro.


Entonces me di cuenta de la situación.

Al verle allí, tumbado, me pregunté si se habría figurado que yo deseaba seducirle.

Y no, nada más lejos de mis intenciones.


Me hubiera encantado un abrazo de Pere.

Un abrazo muy largo, profundo, quieto.

Poder cerrar los ojos y olvidarme de Rafa a quien no iba a ver más.


¿Cómo deshacer el equívoco?

Le pregunté si podía telefonear.

Asintió; el teléfono estaba allí mismo, en la mesita.

Bajé de la cama de un salto.

 

Marqué el número de mi marido.

—¿Puedo dormir esta noche en tu casa?

—Sí, pero ven antes de las 10. Después, cierran el portal.

Colgué y me subí de nuevo a la cama.


Pere me miraba, inquisitivo.

—¿A qué juegas?, quiso saber.

—A nada, Pere, tenía ganas de verte, de estar contigo. Hoy he sufrido un revés y necesitaba tu compañía. No tengo donde dormir esta noche y mi marido me deja ir a su casa.


Seguimos charlando, él tranquilamente tumbado,

yo cambiando de posición,

sentada sobre mis talones,

medio recostada,

me echaba también boca arriba, mirando al techo. 


Me hubiera gustado un abrazo de Pere.

Incluso un beso.

Pero mi libido estaba por los suelos.


Sonó el teléfono.

Pere lo cogió.

Una amiga le invitaba al cine.

Me preguntó si quería acompañarles.

Dije que no.

Ellos quedaron.


Ya era tarde y me despedí.

La casa de mi marido estaba lejos.

Fui andando.


Cenamos.

A mi marido le gusta la cocina macrobiótica.

Había hecho arroz integral, nituké, algunas algas, todo rociado con tamari.

Incluso comimos con palillos.


Había que masticar despacio, mezclar los alimentos con saliva y concentrarse en los sabores. Estaba todo muy bueno.


Puso música. Curiosamente, en música tenemos gustos parecidos.


Hablamos durante más de una hora.

Le expliqué lo de Rafa.

Él le conocía.

Conocía también a Gloria, su mujer.

Gloria era muy atractiva.

La chica más guapa de Girona.

Tenían cuatro hijos, pequeñitos.


Cuando conocí a Rafa, su mujer le había echado de casa.

Estaban separados. 

Pero ahora Gloria quería que volviese.

Por eso no nos veríamos más.


Mi marido no tenía pareja en ese momento.

Había roto con la anterior.

Me habló también de su trabajo, de sus proyectos.


—¿Dónde quieres que duerma?

Señaló hacia su dormitorio, que daba al comedor.

—¿Y las otras camas?

—Están sin hacer, llenas de trastos.


La habitación era pequeña y la cama estaba pegada al muro.

Me pidió que me pusiera del lado de la pared.

Me acosté en ropa interior.


Al cabo de un rato vino él.

Se metió en la cama desnudo.

Le molestaba dormir con pijama.


Me arrimé a la pared y él ocupó toda la cama, tumbándose boca arriba.

Apagó la luz.


Oía cómo respiraba.

Parecía estar haciendo ejercicios de relajación.

Yo intentaba dejar un espacio entre los dos, arrimándome más al tabique.

Pero él, imperceptiblemente, se acercaba cada vez más.

Y yo procuraba separarme.


Ya estaba prácticamente empotrada.

Seguían los ejercicios respiratorios.


—¿Puedo irme a dormir a otra cama?

—No hay más camas.

Yo sabía que sí.

—Es que no puedo dormir, no tengo sitio, no cabemos los dos.


Resopló, como quien se enoja.

Se dio media vuelta y se puso a dormir de lado.

Cesaron los ejercicios de relajación.

Ahora respiraba suavemente, se había dormido.


Yo ya no vería más a Rafa.

Sus abrazos ya no serían para mí un día a la semana.

Me dolía.

Dolor pasajero.

Suspiré.

Me dormí.




Pensaba que amaba la verdad

A mediados de junio plantábamos nuestra tienda en el camping L'Ombra, Llançà. Y no la recogíamos hasta principios de octubre.

Era una tienda típica, azul y naranja, para 4 personas. Éramos tres.



Yo dormía en medio, un hijo a cada lado, para que no se pelearan.
Por las noches, ya estirados en los sacos de dormir, armados de una linterna,
les leía un libro. Me gustaba leer en voz alta. Si había diálogos, yo hacía
voces según los personajes, imitando las de alguna serie de televisión
para niños. Hasta a mí me entraba la risa al escucharme.

No sé conducir. Para ir de Girona a Llançà, cogíamos el tren. Son unos 45 km, creo. El día que íbamos a plantar la tienda o a recogerla, mi marido se prestaba amablemente a llevarnos con su coche. Venía a buscarnos desde Barcelona, donde vivía con Adriana.

Hacía ya años que vivíamos separados, yo en Girona, él en Barcelona.
Yo tenía otra tienda del mismo estilo, los mismos colores, pero pequeñita, para dos plazas. La plantábamos para mi marido y Adriana, y así ellos venían de vez en cuando a estar con los niños, que ya eran adolescentes.

Adriana era argentina y estudiaba arquitectura en Barcelona.
No entendía algunas cosas de matemáticas y yo le daba clases.
Ese verano mi marido se fue a pasar unos meses a Estados Unidos.
Adriana se venía a Llançà a pasar los fines de semana con nosotros.
No le gustaba estar sola en Barcelona y le hacíamos sitio en nuestra tienda.

En el bar del camping, la presentaba a los conocidos diciendo: "La novia de mi marido". Me fijaba luego en sus caras, me preguntaba qué pensarían
y me reía por dentro. Jugaba a "épater les bourgeois", de difícil traducción.

Cerca del camping estaba nuestro lugar favorito, donde nos bañábamos. Era
un lugar entre rocas, igual que una piscina natural.

Piscina natural en Llançà

Podíamos nadar dentro, pero también salir a mar abierto por los extremos. 
A mis hijos les gustaba bucear y coger erizos en el fondo. Abríamos los erizos hembra y nos comíamos las huevas. No es muy ecológico, pero en aquella época (entre 1975 y 1981) no estábamos concienciados. 

Comiendo huevas de erizo de mar

Uno de nuestros mayores placeres era bañarnos de noche en el mar. Por favor, no os muráis sin antes haber disfrutado de este placer. Tiene que ser noche cerrada. Mejor una noche muy tranquila, el mar en calma.

Veréis una maravilla: dejaréis una estela luminiscente. De vuestras manos surgirán estrellas titilantes. Os sentiréis como Campanita en Peter Pan, con sus polvitos mágicos. Es el plancton fluorescente que se hace visible.

La luna salía por el horizonte entre el mar y el cielo e íbamos a esperarla. Nuestra música favorita era "Let us cling together" de los Queen.
 
Teo torriatte konomama iko
Aisuruhito yo
Shizukana yoi ni
Hikario tomoshi
Itoshiki oshieo idaki

 Let us cling together as the years go by
Oh my love my love
In the quiet of the night
Let our candle always burn
Let us never lose the lessons we have learned

Unámonos a medida que pasan los años
Oh mi amor, mi amor
En la tranquilidad de la noche
Que nuestras velas estén siempre encendidas
Que nunca perdamos las lecciones que hemos aprendido

Imaginaos una fogata en la arena de la playa en medio de la noche.
Todos sentados alrededor, bien juntos, sin dejar resquicios.
Notamos la presencia y el calor del otro, pegado a nuestro lado.
No hacen falta palabras para sentirnos todos unidos, integrados.
Y cantamos.

La canción: Teo torriate
El estribillo 
se repite varias veces: la primera en el minuto 1:30, en inglés y en japonés; la segunda, en el minuto 3, en japonés; y la tercera, en el minuto 4, con coros en inglés.

Cuando había tramontana, viento frío y seco del norte que sopla a menudo en aquella zona, la piscina natural se transformaba. El agua parecía entrar en ebullición. 

Nos agarrábamos a las rocas. Las olas chocaban contra ellas y nos rociaban con fuerza. Riendo, nos dejábamos arrastrar por las olas rotas, y quedábamos sumergidos en el tumulto de las aguas. En el fondo chocábamos unos con otros, y volvíamos a la superficie para otra vez agarrarnos a las rocas. Este era otro gran placer.
 
Una tarde caminábamos por las rocas.
El día era plácido, no había viento, no hacía frío ni calor.
Caminábamos en silencio los tres, yo en medio, ellos, uno a cada lado.
Cada uno ocupado con sus pensamientos.

Alicia y yo en la playa de Llançà en 1981 

Yo iba pensando en la verdad.
Pensaba que amaba la verdad.
Que siempre había buscado la verdad.
Que había intentado no engañarme ni engañar a otros.

De pronto, oigo la voz de Alicia:
- Mamá, de pequeña me dijiste una mentira -

En una fracción de segundo se agolparon en mi mente mil pensamientos: ¡Qué frase tan oportuna! Alicia no sabía en qué estaba pensando yo.

¿Solo una mentira?  
Mi hija solo me reprochaba una mentira.

Ante mí desfilaron las innumerables mentiras que yo había dicho en mi vida.
No solo mentiras, sino también fingimientos e hipocresías.

Un momento antes yo creía que siempre había amado la verdad y mi hija estaba allí, a mi lado, para recordarme mis mentiras.

- ¿Qué mentira te dije, Alicia?
- Me dijiste que para cazar una rana había que ponerse una gorra de visera al revés, y no es verdad.

¡Con qué ganas me reí!
- Pero Alicia, claro que no era verdad, era un chiste.

He buscado la historieta por Internet:
CÓMO CAZAR RANAS
Localizas la charca y esperas a que se haga de noche. Te calas una gorra de visera del revés, con la visera en la nuca, y te vas aproximando a la charca. Las ranas, que solo salen cuando no hay peligro, creen que te alejas, salen de debajo del agua y esa es la ocasión perfecta para atraparlas.



 

Wednesday, 16 September 2026

Playa de Saint Jean de Luz - El chico de la orilla

 Esta soy yo a los 11 años, junto con mis dos hermanos:

Nosotros tres en Valladolid

El uniforme era marrón oscuro. Lo llevé de los 9 a los 13 años, mientras estuve interna en Valladolid. 

En realidad llevaba gafas, redondas, doradas, como las de los Beatles. Mi padre quiso que me las quitara para salir más guapa en la foto.

Yo era muy tímida y algo acomplejada, porque cuando llegué al colegio no sabía hablar castellano ni tampoco conocía nada de la historia y la geografía de España. Todo lo tuve que aprender de cero.

Recuerdo la primera vez que oí cantar los ríos de memoria:

          "El Miño nace en Fuente Miña,
           provincia de Lugo, 
           pasa por Lugo, Orense y Tuy,
           y desemboca en el Océano Atlántico
           por La Guardia".

Ese fue el único río que me aprendí. Era el más corto. El Duero, el Tajo, el Guadiana, el Guadalquivir y el Ebro, nunca me entraron. Ni me entraron los reyes godos, aquella lista interminable: Ataúlfo...

Los he ido a buscar en Internet:

- Ataúlfo - Sigerico - Walia - Teodorico(I) - Turismundo - Teodorico(II) - Alarico
- Gesaleico - Amalarico - Teudis - Teudiselo - Agila - Atanagildo - Liuva(I)
- Leovigildo - Recaredo(I) - Liuva(II) - Witerico - Gundemaro - Sisebuto
- Recaredo(II) - Suintila - Sisenando - Chintila - Tulga - Chindasvinto
- Recesvinto - Wamba - Ervigio - Egica - Witiza y Rodrigo.


Con esa misma cantinela, mis 2 hermanos, internos en el San José de los jesuitas, me enseñaron la lista de futbolistas del Real Valladolid:

Saso, Matito, Lesmes I, Lesmes II, Ortega, Lasala...

He encontrado varias referencias a la lista en Internet. Era por el año 1953.

Tampoco me pude aprender nunca las letanías de la Virgen. ¿Os acordáis?

... Mater Amabilis, ora pro nobis, Mater Adorabilis, ora pro nobis...

Todas las niñas se las sabían menos yo. ¡Qué vergüenza! Las niñas se burlaban un poco de mí, sin mala intención. 

Hicimos una excursión a Lourdes. Al volver nos paramos en Saint Jean de Luz y bajamos a la playa.

Playa de Saint Jean de Luz

Era un día así, frío y nublado. 
Nosotras nos sentamos en la arena, formando una fila paralela a la orilla del mar. Yo estaba más o menos hacia la mitad, ni muy a la izquierda, ni muy a la derecha. Miraba el mar.

Las dos monjas que nos cuidaban se sentaron algo apartadas.

Yo oía a las niñas reírse, bajito, para que las monjas no se dieran cuenta.
-¿De qué os reís?-, les pregunté.
Me señalaron con la mirada hacia el mar.  
Vi a un chico caminando por la orilla.
Dejé de interesarme, porque aún era pequeña y no le veía la gracia.
Las risitas se intensificaron.
El chico venía hacia nosotras.
Llegó por la izquierda y recorrió toda la fila de niñas, como quien pasa revista.
Nos miraba atentamente, una por una.
Todas las cabezas giraban a medida que él pasaba, como giran los girasoles al paso del sol.
Llegó al final de la fila.
Dio la vuelta y empezó a andar en sentido contrario.
De pronto, se acercó a mí.
¡A mí!
Me tendió la mano, abierta, la palma hacia arriba.
Tenía una piedrecita plana, ovalada, color nácar.
Seguramente la había hallado en la arena, al borde del mar.
Miré la piedra y luego le miré a él, asintiendo, como quien dice:
-Ya la he visto-
Pero él no retiró la mano, e insistió con un movimiento hasta que cogí la piedrecita.
Entonces se fue.
Todas las niñas se levantaron y me rodearon curiosas y admiradas.
Querían ver qué me había regalado el chico que caminaba por la orilla.
La piedra tenía una inscripción en forma de espiral.

Ojo de Santa Lucía

Al cabo de los años me enteré de que no era una piedra real sino la tapa de un determinado caracol marino. Se conoce como "Ojo de Santa Lucía"
 
¡Fue un gesto tan importante para mí!
Me ha acompañado durante toda la vida.
Guardé la piedra hasta que me casé, a los 22 años. Después la perdí. Pero encontré otras en playas que visitaba, por ejemplo, en Llançà. Las guardaba en un frasco de cristal. Y las iba regalando a personas amigas. Mi amigo Rafa, el astrólogo, se la engastó en un anillo. 
 
Él chico de la orilla nunca lo sabrá.


Monday, 14 September 2026

Te cuento lo que pasó en Zaragoza, Elena

 El nº 81-83 de la calle Casta Álvarez, la casa de los hombres, se llamó Casa Familiar Virgen del Pilar.


Muy cerca, a tan solo unos pasos y en la otra acera, abrieron y acondicionaron la casa de las mujeres.


Constaba de cuatro pisos y un desván. 

Los propios cuidadores habían pintado el cuarto piso, la escalera y la entrada todo de azul celeste, en gotelé. Era bonito. 

Habían llenado las habitaciones con literas, lo cual me alarmaba mucho, porque implicaba más acogidas para mí sola. 

En la sala-comedor había una mesa grande y varias mesas para 4 personas, además de un sofá; era un local agradable, con un ventanal que daba a la calle y por donde entraba el sol, y las acogidas se distraían viendo pasar a los transeúntes. Había televisión.  

En el fondo de la sala construyeron un cuarto de baño completo.  

Algunos acogidos de la casa de los hombres solían venir a sentarse con nosotras.

Un día recibí una llamada de un hospital de Barcelona. Era una enfermera que me llamaba de parte de Albert, mi amigo inglés, a quien habían encontrado tirado por la calle, borracho. 

Él había dado mi teléfono (el del piso de la Plaza Real) a la enfermera, quería hablar conmigo. Le di la dirección de la casa de los cuidadores de Zaragoza por si se quería venir. 

Y así lo hizo. Los cuidadores lo acogieron.

En la casa de las mujeres teníamos acogida a la abuela de Jesús Alcalá, con fuerte reumatismo, y a su joven hermana Estrella, con una leve discapacidad mental, que no le impedía hacer algunas tareas de la casa. Por supuesto, nuestra primera acogida había sido la niña Ester, de quien ya he hablado en una entrada anterior.  

Llegó también María Robles, una acogida que yo había conocido ya en el piso de la Plaza Real (Barcelona). Era de mediana edad y podía ayudarme. Tenía problemas de depresión. Le gustaba mucho cocinar. 

Otra acogida era Cecilia, una joven sueca, sumamente delgada, que se había roto una pierna y no tenía adónde ir. Ella también ayudaba en la casa, sobre todo en la cocina.  

Y así fueron llegando cada vez más acogidas. 

Había un grupo de ancianitas simpáticas, entre ellas, una algo ciega, otra bastante sorda y una tercera, con una incipiente demencia senil. 

Por la mañana nos íbamos juntas, cogidas de la mano, a misa al Pilar.



Misa en el Pilar

Este es el camino que seguíamos: saliendo de Casta Álvarez, enfrente se encuentra el Mercado Central, torcíamos a la izquierda, luego a la derecha y ya estábamos en la plaza de la basílica.

Camino hacia la basílica

Una de mis acogidas tenía Alzheimer. Estaba en una fase en la que ya no hablaba, apenas reconocía a las personas y no caminaba sin ayuda. Todavía la podíamos bajar a la sala-comedor, donde se pasaba las horas sentada, tranquila.

Mis hijos vinieron a verme desde Barcelona, y pudieron dormir en la casa, en las literas del piso superior.

Yo cada vez tenía más trabajo. El número de acogidas iba aumentando, no así el número de cuidadoras con quienes compartir la carga. Ni de noche podía descansar, algunas ancianitas se despertaban y requerían atención. 

Una de las acogidas que más me costó cuidar se llamaba ElenaTendría unos 50 años. 

No era pobre como las demás, no sé por qué se empeñaba en vivir en nuestra casa. 

Tenía la enfermedad de Parkinson y crisis depresivas. Fue entonces cuando comprendí lo terrible que es la depresión. Si el otro día, al conocer a Ester, nos dábamos cuenta todos de lo maravillosa que es la sonrisa, fijaos ahora en lo tremendo que debe de ser sentirse alguien irremediablemente prisionero de la tristeza. 

Me resultaba imposible animarla. Creo que era algo somático, no dependía de su voluntad. 

En una de sus crisis, se la llevaron al hospital. 

El día que fui a verla, me quedé horrorizada: la habían acostado en una especie de cuna grande, completamente desnuda, con las muñecas atadas a los barrotes. No me reconocía.

La enfermera me contó que era la propia Elena quien no toleraba que la vistieran.

 Al cabo de poco volví a visitarla. Estaba ya vestida, arreglada, sentadita en un sillón. 

Me senté a su lado y, no sé por qué, mientras le hablaba, se me ocurrió acariciarle una rodilla con la punta de los dedos. Elena se apartó disgustada y me prohibió que la tocara. 

 A medida que iba aumentando el número de acogidas, mi capacidad iba menguando. En contra de todas mis expectativas, no venía ninguna cuidadora a hacerme compañía. 

Pensé que, como otras veces, me había vuelto a equivocar. Tenía que marcharme. Aproveché para ello un viaje de mis hijos a Zaragoza. Me fui con ellos de nuevo a Barcelona.

Había estado en Zaragoza durante dos años 

La obra de Jesús Alcalá siguió adelante.

Jesús Alcalá con un enfermo

La casa de Zaragoza pasó a llamarse "Jesús te ama". 


Abrieron casas nuevas, en Casasimarro (Cuenca), en Cáceres, en Madrid. 

Sé que, posteriormente, hubo escándalos y denuncias, y cerraron algunas de las casas.

El 4 de mayo de 1995, según leí en las noticias, un enorme revuelo de vecinos, tras investigaciones policiales, con numerosas críticas, pero también apoyos, rodeaba los locales que los cuidadores de la Cruz y la Resurrección tenían ilegalmente por varias provincias para acoger a ancianos, discapacitados y enfermos crónicos.

La Fiscalía de la Audiencia Provincial de Zaragoza inició la investigación que acabó con su salida del casco antiguo de Zaragoza.

El cierre de sus instalaciones se produjo definitivamente en 2011 por las condiciones de insalubridad en las que vivían sus últimos residentes y tras un largo proceso de investigación a sus responsables por las denuncias presentadas.

El cuidador responsable de todas las casas, Jesús Alcalá Júdez, ha dejado de cuidar a pobres y enfermos. Ahora se dedica a evangelizar por las calles de Zaragoza, sobre todo en la Plaza del Pilar. Ha publicado un libro sobre los evangelios. 

Le acompaña un grupo de 7 seguidores. Llevan un palo con una cruz en lo alto, un rosario y flores. 

A la derecha, Jesús Alcalá Júdez


Friday, 11 September 2026

Te cuento lo que me daban en Barcelona

Yo seguía yendo a misa todos los días. 

Normalmente iba a la parroquia de Belén, la más cercana. Otras veces caminaba algo más, hasta la catedral.


Misa en la catedral de Barcelona

Un día estaba yo sentada en una capilla de la catedral con los ojos cerrados después de la comunión, las manos reposando en mi regazo, las palmas vueltas hacia arriba, cuando noté que me dejaban algo en las manos. Abrí los ojos y era un billete de 5000 pesetas.

Otro día, en la fila que se forma para comulgar, un señor me susurró que me conocía de verme, y, mientras él me hablaba, sentí que me tocaba la chaqueta. Alarmada, miré instintivamente, pero no vi nada inusual. Cuando después me puse las manos en los bolsillos, me encontré con un billete de 2000 pesetas.

En otra ocasión, en la iglesia de Santa Anna, un domingo, una señora del banco de atrás me dijo:

- Se le ha caído este billete al suelo...

Le respondí que no era mío (yo sabía muy bien que no llevaba dinero), que sería del señor que se había sentado a mi lado. Me levanté corriendo a buscar a ese señor, que ya estaba a punto de salir de la iglesia, pero la señora me detuvo, aclarándome:

- Ese billete se lo ha querido dar una persona, es para usted.

Sucedió también que, en la catedral, un sacerdote se me acercó y me informó de que una señora me ofrecía 2000 pesetas, y me las dio. A la semana siguiente, otra vez, y a la otra. Al cabo de unas semanas, el sacerdote, demostrando cierto disgusto, se sorprendió de que yo cogiera tranquilamente el dinero sin preguntarle quién era la "bienhechora". Le repuse, lo más educadamente posible, que yo no les había pedido nada.

El caso es que ese dinero era bienvenido, pues así podía comprar algunas cosas que necesitaba, por ejemplo, de la farmacia. A veces también me daba algunos lujos, como comprarme chocolate o croquetas, las dos cosas que más me gustaban.

Pero nunca guardaba el dinero de un día para otro.

Me había acostumbrado a no tener nada.


Wednesday, 9 September 2026

Te cuento lo que pasó en Barcelona, calle Peu de la Creu

Me hablaron de una señora que vivía sola y buscaba compañía. Estaba en el mismo barrio. Se llamaba María y tenía más de 90 años. Me fui a vivir con ella porque no resistía más en la casa de acogida de la calle Unió.

La señora María tenía una hernia en el diafragma. Le costaba mucho caminar.

Vivía en un ático de la calle Peu de la Creu. Sin ascensor. No salía a la calle casi nunca. Tenía familiares, pero ella quería vivir sola.

Calle Peu de la Creu

El ático era minúsculo: un pequeño comedor/estar/cocina, en el que solo cabía una mesa camilla con dos sillas y un silloncito, además de una cocinita tipo camping y un fregadero para platos. No había ducha ni pica. Solo el retrete: una persona voluminosa no habría podido cerrar la puerta, que era la única puerta del piso.

El resto era como tres compartimentos unidos por un estrecho pasillo. En el compartimento del fondo dormía la señora María, en una cama de matrimonio. Había un armario.

En el compartimento del medio dormía yo en una cama de plaza, con un armario.

En el primer compartimento estaba la nevera y un arca para guardar cosas. Nada más.

Pero aquel minúsculo pisito tenía un lujo: La Terraza: una parte de ella estaba cubierta con onduline. Había un lavadero. Ahí es donde nos lavábamos nosotras y la ropa, hiciera calor o frío. Daba el sol todo el día. Desde ella se veía el mar.

Lo único que la señora María me prohibió fue que le hiciese la cama, quería hacérsela ella.

De vez en cuando la ayudaba a bajar, con gran fatiga, los 5 pisos y la llevaba a la peluquería, porque era muy presumida. 

Tenía amigas que la visitaban y también venía a menudo su familia.
  
La señora María no me podía pagar. Tampoco me podía dar de comer. Solo me daba alojamiento. No era mucho lo que me pedía a cambio: algunas faenas de la casa, ir a comprar y tener compañía por la noche. 
Me quedaba mucho tiempo libre. 

Al principio de vivir en su casa me asusté, porque ella, acostumbrada a estar siempre sola, se ponía a golpear las cosas y a maldecir con tanta intensidad que la voz parecía proceder de una bruja. Se me erizaba el vello de la impresión. Me entraba pánico por la noche, no había ninguna puerta que me separase de ella. Pero eso se le fue pasando. Su carácter se dulcificó. Estaba más contenta.

Yo, para comer, iba a la parte de atrás del mercado de la Boquería, y allí siempre tiraban cosas que se podían aprovechar: hortalizas y fruta, por ejemplo. También miraba en las papeleras de la ciudad y, al anochecer, en los contenedores. Llegué a conocer a toda esa ingente multitud que se nutre de lo que desechan los ricos.

Hice amistades entre ellos, me hacían regalitos, me enseñaban trucos. Delante de las dulcerías y de las panaderías encontrabas, muy bien envueltos, el pan o los dulces que nadie había querido comprar. Delante de algunos colmados, tiraban grandes pedazos de queso un poco enmohecido. Con solo quitarle la primera capa, estaba buenísimo.

Encontraba mucho más de lo que yo necesitaba para alimentarme, así que también le llevaba comida a la señora Maríacompartíamos el botín - comíamos las dos.

La señora María tenía macetas con tierra, sin ninguna planta. Yo recogía trocitos de geranios por la calle que se habrían caído de algún balcón. Los llevaba a su casa y los plantaba. De vez en cuando también encontraba macetas tiradas y se las llevaba. Poco a poco, con tanto sol como había en la terraza, tuvimos un jardín lleno de flores. En verano mojábamos el suelo de la terraza con la manguera y se estaba fresquito.

El sacerdote de la parroquia de Belén, calle del Carmen, visitaba con cierta frecuencia a la señora María. Un día me sugirió que le pidiera a ella dinero para el viaje a no sé qué centro de rehabilitación en Segovia para un chico enfermo de sida. Me indigné con el sacerdote, cómo era posible que le pidiera dinero a la señora María siendo ella tan pobre. Pero él replicó que había conocido a muchas ancianitas avaras que escondían dinero bajo el colchón. Qué mal pensado aquel sacerdote, pensé.

Sin embargo, llevé al enfermo de sida a casa de ella para que, viéndolo, dejara obrar a su corazón. Y, efectivamente, la señora María me dio un billete de 5000 pesetas y me dijo que fuera con el chico a cambiarlo en cualquier tienda de la calle y que le diera a él las 2000 que necesitaba.

El chico se quedó conmovido. Pudo hacer el viaje.

La señora María enfermó y pasó unos días en el hospital, quedando yo sola en su piso. Entonces le hice la cama y encontré gruesos fajos de billetes debajo del colchón. Dejé el dinero tal como estaba, no le conté nada cuando volvió al piso. El sacerdote de la parroquia de Belén estaba en lo cierto: hay ancianos avaros que esconden su dinero.