Acompañada de sus padres y de su hermana había llegado Ester. Según ellos, la pequeña, de recién nacida, era un bebé normal, pero la fontanela se le había cerrado antes de tiempo, impidiendo el crecimiento natural del cerebro, y cuando se dieron cuenta de su retraso, ya no había remedio.
La niña siempre había vivido con sus padres, que la querían mucho. Pero la familia estaba atravesando una crisis, y habían decidido dejar a la niña temporalmente con nosotros.
La madre estaba muy afligida, le daba mucha pena separarse de la niña. Lo más característico de Ester, me explicaron, era su afición por la música y el baile.
Cuando subimos todos a ver la nueva casa en donde nos alojaríamos, sus padres enchufaron un aparato de radio que traían consigo, sintonizaron la emisora de los cuarenta principales y la niña se puso a "bailar" muy contenta.
Esa era, no su actividad preferida, sino su única actividad durante todo el día.
Así la habían educado desde pequeña y Ester se angustiaba en cuanto no sonaba la música.
Angustiarse significaba gritar y darse golpes en la cabeza.
Por lo demás, la niña no hablaba, no comprendía, había que hacérselo todo, vestirla, darle de comer, y ponerle pañales. Era una niña muy bonita, una monada. Guapa de verdad. Solo se le notaba que el cráneo era un poco más pequeño de lo normal, rasgo que quedaba disimulado por el pelo largo y abundante.
La mirada era despierta y risueña. Medía unos 165 cm. Tenía buen tipo, un cuerpo de adolescente completamente desarrollado. Los dedos eran largos y finos, sin fuerza, no sabía coger cosas.
Andaba bastante bien, con un ligero renqueo. No era consciente de su cuerpo, solo se fijaba en la mano, el resto del cuerpo no le llamaba la atención.
Cuando tenía la menstruación, ni se inmutaba.
Miraba a las personas con una amplia sonrisa, alegre, agradable, aunque nunca reía a carcajadas.
Los padres se fueron y nos quedamos solas en la casa, junto con Estrella. Íbamos a dormir las tres en la misma habitación.
Fue una noche muy larga. Ester se despertaba continuamente y se levantaba. Yo volvía a acostarla. Incluso vomitó la cena. Decidí acostarme a su lado, abrazándola para que se sintiera tranquila. Estrella no protestó en ningún momento por las molestias que le ocasionamos.
Por la mañana, podría decirse que la niña estaba "amaestrada". Fue como si Ester se entregase a mí igual que un bebé a su madre. La primera sorprendida fui yo, dado que carecía de experiencia. No volvió a mostrar signos de angustia ni desasosiego.
En realidad era muy sencillo cuidarla. En cuanto se despertaba, yo la lavaba y le daba de desayunar. No solía mojarse durante la noche, aunque día y noche llevaba pañales por si acaso.
Comía con apetito, todo le gustaba; había que darle de comer como a un bebé. Intenté enseñarla a coger los cubiertos o un vaso para beber, pero era como si en las manos no tuviese fuerza para asir.
Ester bailaba de pie, con un enérgico balanceo, apoyándose sucesivamente en una pierna que mantenía hacia delante o en la otra, hacia atrás. Colocaba una de las manos delante del rostro y fijaba la mirada alternativamente en la mano o en un punto de la habitación.
Poco a poco fue aumentando el número de acogidas, y los hombres terminaron de acondicionar la casa. Durante el día nos reuníamos todas en la sala de abajo, que tenía un gran ventanal con vistas a la calle.
Las ancianas sentadas en corro y Ester en medio, bailando, más feliz que nunca. Entonces su balanceo se orientaba hacia una de las acogidas, sonriéndole, luego se orientaba hacia otra, y así iba recorriéndolas a todas, sin dejar de sonreír. No se cansaba. No paraba en todo el día.
En su balanceo llegaba casi a chocar contra la cara de la persona elegida como objetivo, aunque nunca chocaba, como si tuviera el movimiento perfectamente controlado. En algunas ocasiones se sentaba al azar en la falda de una acogida.
No hacía siesta.
Era la alegría de la casa. Las acogidas nunca se quejaron por tener que escuchar música a todas horas. Yo acabé conociéndome todas las canciones de esa época.
Para comer le quitaba la música y la sentaba en una silla baja, de la que no podía levantarse sin ayuda.
Ester nunca se enfadaba, no era agresiva, siempre estaba de buen humor, salvo si le quitaban la música. Entonces gritaba.
Por la tarde, había la costumbre de rezar el rosario en la sala. Y Ester interpretaba el rosario igual que la música, y seguía bailando al ritmo de las avemarías.
La primera vez que su madre vino a visitarla, yo le estaba dando de merendar y me retiré para que su madre le diese la merienda. Pero Ester apartó la cara, no quería comer nada de otra mano que no fuese la mía. Sin embargo, cuando se la llevaban unos días de vacaciones a su casa, todo transcurría con normalidad.
Había televisión. Cuando estaba encendida, Ester bailaba orientada hacia la tele.
Como solución a largo plazo para la niña, sus padres le habían comprado un piso y pensaban que, cuando ellos faltasen, Ester podría vivir en el piso con una cuidadora. Yo creo que Ester era más feliz entre mucha gente que no viviendo en una casa solo con su cuidadora.
Llegaron muchas más acogidas, pero ninguna cuidadora nueva que me ayudase. Tuvieron que venir cuidadores de la casa de los hombres. Y finalmente, al cabo de dos años, me fui de Zaragoza sin decirle nada a nadie (vinieron mis hijos a verme desde Barcelona y me marché con ellos). Para irme aproveché que Ester estaba de vacaciones en casa de sus padres. No sé qué ha sido de ella.