Voy a decirte algo muy fuerte: no me dio pena la muerte de mi madre. Sentí una especie de alivio.
Mi madre nos pegaba cuando éramos traviesos. No era injusta. No nos pegaba fuerte, pero nos inspiraba cierto miedo. Pegaba como muchas madres hacían en aquella época. Sobre todo, quizá, las madres alemanas. Ella no podía soportar que fuésemos quejicas y llorones.
Y, al morirse ella, pensé: "Ahora nadie nos pegará".
Teníamos tres criadas: una era cocinera, otra (Arminda) nos cuidaba y la tercera (Lourdes) ayudaba a Arminda. Arminda y Lourdes eran hermanas, muy jovencitas, casi unas niñas.
Recuerdo bien cuando llegaron, las mirábamos con curiosidad, medio escondidos tras la puerta entreabierta de la cocina.
Venían de una zona de Portugal cercana a Galicia, Trás-os-Montes, una zona muy pobre y deprimida. Venían descalzas y tenían piojos. Mi madre les puso un producto contra los piojos (agua con vinagre) y les enseñó las tareas de la casa y a cuidar a los niños.
Y resulta que lo hicieron tan bien, que las queríamos más a ellas que a mi madre, sobre toto a Arminda. Nos encantaba cómo nos lavaba y peinaba Arminda, sus manos eran suaves, no nos daba tirones en el pelo.
El caso es que cuando murió mi madre, le propusimos a mi padre que se casara con Arminda. Queríamos que ella fuese nuestra madre.
¿Y sabes qué contestó mi padre? Nunca lo adivinarías... que Arminda era una chica de pueblo y no podía ir con ella a bailar al Casino de Estoril, como hacía con mi madre.
Pues mi madre se ponía "guapísima", con vestidos largos y llenos de lentejuelas. Nos parecía un hada.
Sin embargo, insistimos tanto, tanto, tanto, que mi padre decidió que Arminda se sentase con nosotros en la mesa familiar, en lugar de servir.
Fíjate que Arminda tenía novio ("namorado", decía ella) e incluso le conocíamos.
Cosas de niños.
A lo mejor soy algo injusta con las fotos, pues mi madre también sabía sonreír y ser amable.
Mi padre no se casó con Arminda. Ellos siempre fueron el señor y la criada. Además de que Arminda tuviese novio, mi padre tuvo una amante. Era su secretaria. Portuguesa. Nosotros la llamábamos "A menina do escritório". Su nombre era Lidia. Nos llevábamos bien con ella. Yo creo que Lidia tenía la esperanza de casarse con mi padre.
Y unos siete años después del fallecimiento de mi madre, cuando mi padre nos anunció que se volvía a casar y que viviríamos en Madrid, pensamos que era con Lidia.
Pero no. Había conocido a Salomé y se habían enamorado. Me dio pena que dejara a Lidia.
¿Sabes? Salomé era celosa y rompió todas las fotos en las que aparecía Lidia. No se salvó ni una. Sin embargo, hace unos meses, una sobrina mía me envió un paquete de fotos de familia que no le interesaban, y entre ellas había dos o tres de Lidia. ¡La he recuperado!

























