Wednesday, 9 September 2026

Te cuento lo que pasó en Barcelona, calle Peu de la Creu

Me hablaron de una señora que vivía sola y buscaba compañía. Estaba en el mismo barrio. Se llamaba María y tenía más de 90 años. Me fui a vivir con ella porque no resistía más en la casa de acogida de la calle Unió.

La señora María tenía una hernia en el diafragma. Le costaba mucho caminar.

Vivía en un ático de la calle Peu de la Creu. Sin ascensor. No salía a la calle casi nunca. Tenía familiares, pero ella quería vivir sola.

Calle Peu de la Creu

El ático era minúsculo: un pequeño comedor/estar/cocina, en el que solo cabía una mesa camilla con dos sillas y un silloncito, además de una cocinita tipo camping y un fregadero para platos. No había ducha ni pica. Solo el retrete: una persona voluminosa no habría podido cerrar la puerta, que era la única puerta del piso.

El resto era como tres compartimentos unidos por un estrecho pasillo. En el compartimento del fondo dormía la señora María, en una cama de matrimonio. Había un armario.

En el compartimento del medio dormía yo en una cama de plaza, con un armario.

En el primer compartimento estaba la nevera y un arca para guardar cosas. Nada más.

Pero aquel minúsculo pisito tenía un lujo: La Terraza: una parte de ella estaba cubierta con onduline. Había un lavadero. Ahí es donde nos lavábamos nosotras y la ropa, hiciera calor o frío. Daba el sol todo el día. Desde ella se veía el mar.

Lo único que la señora María me prohibió fue que le hiciese la cama, quería hacérsela ella.

De vez en cuando la ayudaba a bajar, con gran fatiga, los 5 pisos y la llevaba a la peluquería, porque era muy presumida. 

Tenía amigas que la visitaban y también venía a menudo su familia.
  
La señora María no me podía pagar. Tampoco me podía dar de comer. Solo me daba alojamiento. No era mucho lo que me pedía a cambio: algunas faenas de la casa, ir a comprar y tener compañía por la noche. 

Me quedaba mucho tiempo libre. Al principio me asusté, porque ella, acostumbrada a estar siempre sola, se ponía a golpear las cosas y a maldecir con tanta intensidad que la voz parecía proceder de una bruja. Se me erizaba el vello de la impresión. Me entraba pánico por la noche, no había ninguna puerta que me separara de ella. Pero eso se le fue pasando. Su carácter se dulcificó. Estaba más contenta.

Yo, para comer, iba a la parte de atrás del mercado de la Boquería, y allí siempre tiraban cosas que se podían aprovechar: hortalizas y fruta, por ejemplo. También miraba en las papeleras de la ciudad y, al anochecer, en los contenedores. Llegué a conocer a toda esa ingente multitud que se nutre de lo que desechan los ricos.

Hice amistades entre ellos, me hacían regalitos, me enseñaban trucos. Delante de las dulcerías y de las panaderías encontrabas, muy bien envueltos, el pan o los dulces que nadie había querido comprar. Delante de algunos colmados, tiraban grandes pedazos de queso un poco enmohecido. Con solo quitarle la primera capa, estaba buenísimo.

Encontraba mucho más de lo que yo necesitaba para alimentarme, así que también le llevaba comida a la señora Maríacompartíamos el botín - comíamos las dos.

La señora María tenía macetas con tierra, sin ninguna planta. Yo recogía trocitos de geranios por la calle que se habrían caído de algún balcón. Los llevaba a su casa y los plantaba. De vez en cuando también encontraba macetas tiradas y se las llevaba. Poco a poco, con tanto sol como había en la terraza, tuvimos un jardín lleno de flores. En verano mojábamos el suelo de la terraza con la manguera y se estaba fresquito.

El sacerdote de la parroquia de Belén, calle del Carmen, visitaba con cierta frecuencia a la señora María. Un día me sugirió que le pidiera a ella dinero para el viaje a no sé qué centro de rehabilitación en Segovia para un chico enfermo de sida. Me indigné con el sacerdote, cómo era posible que le pidiera dinero a la señora María siendo ella tan pobre. Pero él replicó que había conocido a muchas ancianitas avaras que escondían dinero bajo el colchón. Qué mal pensado aquel sacerdote, pensé.

Sin embargo, llevé al enfermo de sida a casa de ella para que, viéndolo, dejara obrar a su corazón. Y, efectivamente, la señora María me dio un billete de 5000 pesetas y me dijo que fuera con el chico a cambiarlo en cualquier tienda de la calle y que le diera a él las 2000 que necesitaba.

El chico se quedó conmovido. Pudo hacer el viaje.

La señora María enfermó y pasó unos días en el hospital, quedando yo sola en su piso. Entonces le hice la cama y encontré gruesos fajos de billetes debajo del colchón. Dejé el dinero tal como estaba, no le conté nada cuando volvió al piso. El sacerdote de la parroquia de Belén estaba en lo cierto: hay ancianos avaros que esconden su dinero. 

  

Sunday, 6 September 2026

Te cuento lo que pasó en Valencia - Carmen (continuación)

Pasaron varios años. No siempre estuve pelando patatas. Nos iban turnando en distintos cometidos para evitar el tedio y el cansancio. 

También me encomendaron que aprendiera a tocar el piano para acompañar el canto de las mujeres, con el fin de sustituir a Teresa, cuya sordera iba en aumento. 

En la casa había un ala destinada a las visitas, con habitaciones, baños y comedor. Mis hijos venían a verme de vez en cuando y se quedaban todo el fin de semana. 

Hacia finales del 5º año, Carmen empezó a dar muestras de cansancio en el trabajo. Tuvo que dejar de ser la jefa. Le dieron tareas más sencillas. 

Una vez la tuve de compañera en la cocina. Ella era quien pelaba las patatas y las zanahorias, lavaba y cortaba las verduras y fregaba las enormes cazuelas. Lo hacía lentamente, me miraba, sonreía, tranquila. Me dijo que todo lo percibía como a través de una bruma. 

Decidieron llevarla al hospital. Tras algunas pruebas, le diagnosticaron Alzheimer. No había nada que hacer más que ejercitar el cerebro. 

Me encargaron la tarea de cuidar a Carmen, seguramente porque sabían que yo, en el pasado, había cuidado a otras personas.

Así que nos hicimos inseparables. Dormíamos en habitaciones contiguas. A veces, por la mañana, la encontraba caída en el suelo sin poder levantarse. Me dejaron dormir en la misma habitación que ella para vigilarla más de cerca. Mi cama junto a la suya con el fin de notar sus movimientos y ayudarla si se levantaba de noche. Durante el día le pedía que me leyese algún libro ameno en voz alta. Lo hacía a gusto, aunque cada vez le costaba más y finalmente no quiso. Luego pasamos a hacer dibujos en cartulinas con rotuladores de colores. Dedicaba cada dibujo a una de las mujeres, poniendo su nombre (el de la mujer) en una esquina. Hasta que tampoco pudo dibujar. 

Empezó a necesitar ayuda para caminar. Venían dos mujeres, una a cada lado de Carmen, que la sostenían mientras caminaba por los pasillos. Le aterraba salir al jardín. Ese ejercicio también se hizo demasiado difícil para ella. 

Dejó de hablar. Nos miraba, sonreía, sin palabras. No nos reconocía. 

Las mujeres alquilaron una grúa de enfermería. Con ella, yo sola podía levantar a Carmen, sentarla, asearla, ponerle pañales, darle de comer. El declive fue rapidísimo. 

Llegó un momento en que las mujeres pensaron que el cuidado de Carmen era demasiado peso para una sola persona. Decidieron que se irían turnando de dos en dos para atenderla y yo me encargaría del lavadero, tarea que nunca había hecho. Ellas me enseñarían. Por descontado, podía ver a Carmen cuando quisiera. 

Entonces decidí dejar la casa de las 17 mujeres, a escondidas. Aproveché que vinieron a verme mis hijos para marcharme con ellos.

  
Mis dos hijos, Josep y Alicia, jugando con los pinos cuando vinieron a verme a la casa de las 17 mujeres 

No me despedí. No dije nada a nadie de la casa. Mis hijos habían venido con el coche del novio de Alicia, Miquel. Metimos mis pocas cosas en el coche. Escribí una carta de despedida dirigida a Inma. En ella le daba la dirección del piso de Josep, que es donde me alojaría temporalmente hasta que encontrase un trabajo remunerado en Barcelona. Cuando estuvimos preparados, Miquel al volante con el coche en marcha, Alicia a su lado en el asiento del copiloto, yo detrás, agachada para que no me viesen desde la casa... entonces Josep llamó al timbre, entregó el sobre, se subió corriendo al coche y Miquel arrancó a todo gas. No teníamos miedo a nada, era como un juego, reproducíamos las típicas escapadas de las películas.

Durante el camino de vuelta a Barcelona, Josep me recitó una frase en inglés. Como sabes poco inglés, te la digo en francés:

 Tous ces moments
 se perdront
 dans le temps,
 comme les larmes
 dans la pluie


Me impactó mucho en aquel momento. Es una frase famosa del film Blade Runner, ¿lo has visto?




Te cuento lo que pasó en Valencia - Carmen

La casa de las 17 mujeres:

Situada en las proximidades de un pueblo de la provincia de Valencia, tenía bastante terreno, vallado. Había pinos, numerosos naranjos, 4 palmeras y dos limoneros. Una parte del terreno se destinaba a huerta, en la que se plantaban acelgas, alcachofas, tomates, etc. La casa constaba de dos pisos, arriba los dormitorios, abajo, la sala de canto, el comedor, la cocina, despensa, sala de costura, lavadero y gran patio interior, en el que estaban las 4 palmeras. También había una sala de reunión, una sala de lectura con biblioteca y un pequeño taller, además de un local de trabajo.

En esta casa viví seis años. Una de las mujeres era Carmen

Las 17 mujeres de la casa:

1 - Julita: era vasca, fuerte, cara muy dulce. Cuidaba de la huerta y los naranjos. 
2 - Agripina: mexicana. Una verdadera manitas. Arreglaba de todo, desde zapatos hasta cualquier aparato eléctrico. Conducía el coche y también el tractor, al que llamaban "la burra".  
3 - Teresa: valenciana. Era de las mayores y se estaba quedando sorda, gran inconveniente teniendo en cuenta que era la encargada de tocar el piano para acompañar el canto de las mujeres.
4 - Pilar: vasca, guapa, rápida y enérgica. Tenía la carrera de piano, pero prefería el canto, pues cantaba como los ángeles (a saber cómo cantan los ángeles; acabo de acordarme de tu madre, que cantaba tan bien).
5 - Inma: gallega. Llevaba la batuta de la casa de las 17 mujeres. Decidía qué tareas debía hacer cada una. Padecía osteoporosis. 
6 - Nati: valenciana. Cocinera, muy buena por cierto.
7 - América: soriana. La más joven de la casa. Encargada de la despensa. Le gustaba mucho su cometido.
8 - Carmen: valenciana. Era la jefa del grupo de trabajo. Tenía don de mando y organización.
9 - Clara: valenciana. Voluminosa. Llena de manías, que la hacían divertida.
10 - Ángeles: valenciana. Muy rápida en el trabajo. Buen carácter.
11 - Antonia: de Barcelona. Cantaba muy bien la tercera voz (bajos). Tenía la risa floja, si algo le hacía gracia no podía parar y contagiaba.
12 - Conchita: gallega. De las mayores, muy seria y seca. Se dedicaba al ropero y a la costura.
13 - Visitación: valenciana. Seria, estricta. Ayudaba a Inma a llevar la batuta. 
14 - Fernanda: ancianita, apenas la conocí.
15 - Isabel: riojana. Se ocupaba de las relaciones interpersonales. 
16 - Cari: no sé de dónde era, pero había vivido en Francia durante bastantes años. Ayudaba a Inma y se ocupaba de atender a las visitas. Cogía y llamaba por teléfono.
17 - ¡Ay! No recuerdo quién era la mujer que falta.

Después de un mes de prueba, me dejaron (y yo quise) vivir con ellas. Vinieron más mujeres, se iban al cabo de un tiempo. Una se quedó: Encarnita, de Valencia, con 18 años, voz excepcional y grandes dotes para la música.  

El trabajo     

Cuando empecé, el trabajo que tenían las mujeres consistía en participar de los quehaceres de una granja colindante de gallinas ponedoras. Nos levantábamos muy temprano, todavía de noche, y, como fantasmas con nuestros delantales, salíamos por una portezuela practicada en nuestro muro para entrar en la granja. Al abrir la puerta era inusitado el cacareo y el olor de las gallinas, que compartían jaulas. Debíamos recoger los huevos que habían puesto. Luego los llevábamos a una cinta transportadora y, cuando pasaban ante cada una de nosotras, descartábamos los defectuosos, separábamos los muy sucios en un tipo de cartón para huevos y los limpios en otro tipo de cartón, y apilábamos los cartones. A continuación, Agripina o Carmen, las más dotadas para trabajar con maquinaria, elevaban con una pequeña grúa las pilas de cartones para colocarlas en el camión que los transportaría a las tiendas.

Al cabo de un tiempo, una empresa de cerámica nos ofreció la posibilidad de participar en el proceso de fabricación de las piezas. Primero nos enseñaron. La empresa traía a la casa de las 17 mujeres grandes cubas con la pasta, que había que menear con un palo. También nos dieron los moldes, que se accionaban por la mitad, se cerraban con una goma fuerte y tenían una abertura en la parte superior. Era un trabajo más bonito y descansado que el de la granja de gallinas. Los moldes se llenaban de pasta. Había que esperar un tiempo determinado a que cuajase la parte exterior de la pieza (la que estaba en contacto con el molde) y luego el molde se vaciaba de la pasta sobrante para que la pieza quedase hueca, no maciza. Se abría el molde por la mitad, se sacaba la pieza y se ponía a secar en estanterías. Por último, con una esponja húmeda, se quitaban las manchas y las imperfecciones de cada pieza. La empresa venía a buscar las piezas acabadas y se las llevaba para cocerlas en el horno. Todo este proceso lo organizaba Carmen.

Las mujeres pensaron que yo no servía para este trabajo porque era demasiado lenta, y me pusieron como ayudante de cocina con Nati. A Nati no le hizo mucha gracia tenerme como ayudante. Prefería trabajar sola. Me destinó a pelar patatas y zanahorias, a cortar y lavar acelgas, alcachofas y otras verduras, así como a lavar las grandes ollas y sartenes que se necesitaban para hacer comida para tantas personas. Sin embargo, observando a Nati, aprendí muchas cosas de cocina.   

(Continuará)


Te cuento lo que pasó en Zaragoza - Ester

Cuando llegué a la casa de acogida de Zaragoza, habría unos 10 cuidadores. Yo iba a ser la única cuidadora. Los acogidos eran un montón, entre ellos unos 5 subnormales profundos, una novedad para mí. 


Me gustaba cómo lo organizaban todo. Los cuidadores también comían con los acogidos, igual que en el piso de la Plaza Real. A los subnormales profundos había que ponerles pañales y darles de comer como a los bebés. Había algún acogido con sida. Hombres y mujeres estaban juntos.

Pero poco después abrieron una casa para las mujeres, y tan solo contaban conmigo como cuidadora. Ahí comenzaron mis males. Para empezar me dieron a una sola acogida que acababa de llegar: una niña de unos 13 años, Ester, subnormal profunda. 

La casa de las mujeres estaba en la misma calle que la casa de los hombres, a tan solo unos pasos, y me traerían la comida que cocinaban en la casa de los hombres, por tratarse del principio. Más adelante tendríamos que cocinar nosotras mismas en la casa de las mujeres. 

Acompañada de sus padres y de su hermana había llegado EsterSegún ellos, la pequeña, de recién nacida, era un bebé normal, pero la fontanela se le había cerrado antes de tiempo, impidiendo el crecimiento natural del cerebro, y cuando se dieron cuenta de su retraso, ya no había remedio.

La niña siempre había vivido con sus padres, que la querían mucho. Pero la familia estaba atravesando una crisis, y habían decidido dejar a la niña temporalmente con nosotros.
 
La madre estaba muy afligida, le daba mucha pena separarse de la niña. Lo más característico de Ester, me explicaron, era su afición por la música y el baile.
 
Cuando subimos todos a ver la nueva casa en donde nos alojaríamos, sus padres enchufaron un aparato de radio que traían consigo, sintonizaron la emisora de los cuarenta principales y la niña se puso a "bailar" muy contenta.
 
Esa era, no su actividad preferida, sino su única actividad durante todo el día.
 
Así la habían educado desde pequeña y Ester se angustiaba en cuanto no sonaba la música. 
Angustiarse significaba gritar y darse golpes en la cabeza.

Por lo demás, la niña no hablaba, no comprendía, había que hacérselo todo, vestirla, darle de comer, y ponerle pañales. Era una niña muy bonita, una monada. Guapa de verdad. Solo se le notaba que el cráneo era un poco más pequeño de lo normal, rasgo que quedaba disimulado por el pelo largo y abundante.
 
La mirada era despierta y risueña. Medía unos 165 cm. Tenía buen tipo, un cuerpo de adolescente completamente desarrollado. Los dedos eran largos y finos, sin fuerza, no sabía coger cosas.

Andaba bastante bien, con un ligero renqueo. No era consciente de su cuerpo, solo se fijaba en la mano, el resto del cuerpo no le llamaba la atención.
 
Cuando tenía la menstruación, ni se inmutaba.

Miraba a las personas con una amplia sonrisa, alegre, agradable, aunque nunca reía a carcajadas.

Los padres se fueron y nos quedamos solas en la casa, junto con Estrella. Íbamos a dormir las tres en la misma habitación.

Fue una noche muy larga. Ester se despertaba continuamente y se levantaba. Yo volvía a acostarla. Incluso vomitó la cena. Decidí acostarme a su lado, abrazándola para que se sintiera tranquila. Estrella no protestó en ningún momento por las molestias que le ocasionamos.

Por la mañana, podría decirse que la niña estaba "amaestrada". Fue como si Ester se entregase a mí igual que un bebé a su madre. La primera sorprendida fui yo, dado que carecía de experiencia. No volvió a mostrar signos de angustia ni desasosiego. 

En realidad era muy sencillo cuidarla. En cuanto se despertaba, yo la lavaba y le daba de desayunar. No solía mojarse durante la noche, aunque día y noche llevaba pañales por si acaso. 

Comía con apetito, todo le gustaba; había que darle de comer como a un bebé. Intenté enseñarla a coger los cubiertos o un vaso para beber, pero era como si en las manos no tuviese fuerza para asir.

Ester bailaba de pie, con un enérgico balanceo, apoyándose sucesivamente en una pierna que mantenía hacia delante o en la otra, hacia atrás. Colocaba una de las manos delante del rostro y fijaba la mirada alternativamente en la mano o en un punto de la habitación.

Poco a poco fue aumentando el número de acogidas, y los hombres terminaron de acondicionar la casa. Durante el día nos reuníamos todas en la sala de abajo, que tenía un gran ventanal con vistas a la calle. 

Las ancianas sentadas en corro y Ester en medio, bailando, más feliz que nunca. Entonces su balanceo se orientaba hacia una de las acogidas, sonriéndole, luego se orientaba hacia otra, y así iba recorriéndolas a todas, sin dejar de sonreír. No se cansaba. No paraba en todo el día.

En su balanceo llegaba casi a chocar contra la cara de la persona elegida como objetivo, aunque nunca chocaba, como si tuviera el movimiento perfectamente controlado. En algunas ocasiones se sentaba al azar en la falda de una acogida. 

No hacía siesta. 

Era la alegría de la casa. Las acogidas nunca se quejaron por tener que escuchar música a todas horas. Yo acabé conociéndome todas las canciones de esa época.
 
Para comer le quitaba la música y la sentaba en una silla baja, de la que no podía levantarse sin ayuda.

Ester nunca se enfadaba, no era agresiva, siempre estaba de buen humor, salvo si le quitaban la música. Entonces gritaba.

Por la tarde, había la costumbre de rezar el rosario en la sala. Y Ester interpretaba el rosario igual que la música, y seguía bailando al ritmo de las avemarías.

La primera vez que su madre vino a visitarla, yo le estaba dando de merendar y me retiré para que su madre le diese la merienda. Pero Ester apartó la cara, no quería comer nada de otra mano que no fuese la mía. Sin embargo, cuando se la llevaban unos días de vacaciones a su casa, todo transcurría con normalidad.

Había televisión. Cuando estaba encendida, Ester bailaba orientada hacia la tele.

Como solución a largo plazo para la niña, sus padres le habían comprado un piso y pensaban que, cuando ellos faltasen, Ester podría vivir en el piso con una cuidadora. Yo creo que Ester era más feliz entre mucha gente que no viviendo en una casa solo con su cuidadora.

Llegaron muchas más acogidas, pero ninguna cuidadora nueva que me ayudase. Tuvieron que venir cuidadores de la casa de los hombres. Y finalmente, al cabo de dos años, me fui de Zaragoza sin decirle nada a nadie (vinieron mis hijos a verme desde Barcelona y me marché con ellos). Para irme aproveché que Ester estaba de vacaciones en casa de sus padres. No sé qué ha sido de ella. 
 




Te cuento lo que pasó en Barcelona, Plaza Real - Albert

Albert también vivía en el piso de la Plaza Real. Me llamó la atención enseguida. Solía sentarse solo y no hablar con nadie. Tendría unos 10 años más que yo. Me enteré de que era inglés. 

Me entraron muchas ganas de saber algo más de él, y tuve la oportunidad de sentarme a su mesa. 

Me dijeron que era alcohólico, aunque no vi nada raro en su comportamiento. Me interesaba mucho su conversación. Tenía un sentido del humor peculiar que me encantaba. Ah, su pelo era blanco y llevaba un bigote enorme, también blanco. A mí no me gustan los bigotes, pero a él le sentaba bien. Y sobre todo, me gustaba poder conversar en inglés.


Por otra parte, alguien me habló de una señora muy mayor que vivía sola y necesitaba sentirse acompañada de noche, la señora María. Fui a verla y quedamos en que dormiría en su casa a cambio de nada. 

Y eso hice: pasaría el día en el piso de la Plaza Real y dormiría en casa de la señora Maria.

Un día Albert me propuso ir a pasear juntos. Llegó bastante más tarde de lo acordado y llevaba una bolsa de plástico en la mano. En la bolsa, una botella de vino. Iba dando tragos de vez en cuando. Y se tambaleaba. Tuve un gran disgusto. Pensé: "necesita beber para salir conmigo". 

Sin embargo, seguíamos charlando en el piso de la Plaza Real. Nos hicimos muy amigos. 

Un día subió a conocer a la señora Maria. Ella parecía contenta e insistió en que Albert volviese a visitarla.

Bueno, la relación continuó y la señora María me dijo que él podía venir a vivir en su casa conmigo (más adelante la señora María me confesó que lo que ella temía era que yo me fuese a vivir con él y la dejase sola). Albert se vino a vivir conmigo en casa de la señora María.

Yo tenía la esperanza de que Albert dejase de beber si estaba satisfecho de la vida. Pero por lo visto las cosas no suceden de esa manera. Él se emborrachaba cada vez más a menudo.

Hasta que un día decidí huir. No les dije nada, ni a él ni a la señora María. Lo recuerdo tan bien... Sentí miedo y alegría. Me fui al piso de la Plaza Real. Fueron buenos conmigo y me dejaron quedarme.

Ese día sigue muy vívido en mí: era la hora de la siesta. La señora María descansaba en su habitación y Albert se había quedado dormido en la terraza.

Cogí mis pocas cosas y mientras corría por las ramblas...



... iba cantando bajito:

"Sí 
Me levantaré
Volveré junto a mi padre"


Es una canción religiosa que hace referencia a la parábola del hijo pródigo, una canción con mucha fuerza, y todavía hoy, tantos años después, recuerdo mi huida cuando oigo esa canción 

Te cuento lo que pasó en Barcelona, Plaza Real

Era un piso enorme. Tenía unas 30 habitaciones, pequeñas. 

La sala era inmensa, con una mesa muy grande y varias pequeñas, además de unos cuantos sofás. 

La señora que dirigía la casa era responsable y muy amable. 

Los pocos cuidadores que éramos comíamos en la misma mesa que los acogidos, y eso me gustaba mucho. 

Uno de los cuidadores era congoleño. Hablaba francés, además de castellano, y tocaba la guitarra. 

La responsable de la casa era también la encargada de cocinar. 

Y NO HABÍA CUCARACHAS...

- La señora descocada: era desconcertante. Viejecita, muy bajita, más bien fea, e iba siempre con un pecho fuera, a la vista. Decía que tenía un dolor insoportable en el pecho y que la única manera de mitigarlo era que le diera el aire. 


De vez en cuando, si había algún acogido cerca, ponía cara de sinvergüenza y le proponía: ¿Te doy de mamar? 

A esta casa también venía de visita el vicario de la parroquia de Belén por si alguien se quería confesar. Era del Opus Dei, tan recatado que, cuando hablaba con una mujer, ni siquiera la miraba a los ojos. Imagínate cuando vio a la señora descocada... ¡Se quedó totalmente escandalizado!

- La señora cieguecita: qué pena, no recuerdo los nombres de las personas... Esta tenía diabetes, pero no quería cuidarse. Insistía en comer cosas dulces.

Anciana, apenas veía. No se daba cuenta de lo sucias que estaban su colcha y las sábanas, y no quería que nadie las cambiase. No podía levantarse de la cama.

Una de las cosas que explicaba en primer lugar a quien se acercase a ella era que le habían extirpado uno de sus preciosos pechos. Entonces enseñaba la cicatriz del pecho extirpado y después mostraba el pecho que le quedaba, mientras decía: ¿Verdad que es hermoso?


Te cuento lo que pasó en Barcelona, calle Unió (bis)

En esa misma casa había una señora muy simpática y dicharachera de mediana edad. No sé qué enfermedad tenía. La alojaron en una habitación del piso de arriba. Desde la sala de abajo en la que estábamos habitualmente se oía bien cuando nos llamaba.


Estaba postrada en cama. Había que darle friegas en la espalda y en los talones para evitar la aparición de llagas. 

Una noche estábamos dos o tres personas conversando y oímos la voz de la señora dicharachera que llamaba.

Subí a ver qué quería y me pidió agua. Bajé a buscar un vaso de agua y se lo subí. Bebió un poco y se mostró satisfecha. Se puso a dormir.

Bajé de nuevo a la sala. Al cabo de un rato la señora pidió más agua. Le subí otro vaso, bebió y luego me pidió que le ayudara a recitar el padrenuestro. Lo hice. 

Regresé a la sala. Tras un tiempo se oyó nuevamente la voz lastimera: ¡agua!

Ya algo impaciente le llevé agua de nuevo. Apenas bebió y otra vez quiso oír el padrenuestro. 

Al poco, la misma voz repetía: ¡agua!

Estos episodios se repitieron una y otra vez durante la noche. Llegó un momento en el que dejé de hacer caso del ruego reiterado de la señora.

Así pasaron horas. 

Ya amanecía cuando me di cuenta de que la señora se había tranquilizado. Pensé que se habría dormido por fin.

Por la mañana temprano subí a comprobar si la señora había dormido bien. 

La encontré muerta.

A pesar de todos los defectos que tenía la casa de acogida de la calle Unió, las personas que vivían en ella adoraban a la señora Montse. Era guapa, joven, simpática y amable. 

Sin embargo, cerraron la casa y trasladaron a los acogidos a un piso enorme de la Plaza Real.