Madame,
jolie dame,
tous ces moments
vécus avec toi
resteront à jamais
dans ma mémoire
- Été 2026 -
¿Qué sientes, niña?
— la alegría de la tarde
la calidez del sol
el roce del aire
¿Qué ves?
— cielo verde
hojas de árbol
sombra de espesura
¿Qué oyes, niña?
— rumor de hojas
murmullo de agua
música de bosque
¿Qué abrazas?
— la inmensidad
la grandeza
la infinitud
¿Estás contenta, niña?
— Sí
(Foto realizada por Josep Burcet Canet hace 18 años)
Estamos en las inmediaciones de la torre de vigilancia (torre de guaita),
contemplando el Barranco de la Argentada (conocido también como de la Argentera), que se abre ante nosotros.
El pino de la izquierda está infectado de procesionaria. Se nota por el capullo blanco que envuelve la punta. Eso me apena.
Observamos la cornisa de piedra que corona la montaña de enfrente. Un poco más abajo, se adivina una pista, casi paralela a la cornisa.
Usamos el teleobjetivo para ver la cornisa con mayor detalle.
Creemos adivinar una cueva en la cornisa. ¿A ver? Nos acercamos más con el zoom. ¡Sí! Ahora vemos claramente que es una cueva.
¿Se podrá acceder a ella siguiendo la cornisa? ¿Y cómo subimos hasta la cornisa? Hay un muro de piedra. Yo no sé escalar. Nos fijamos en que, hacia la izquierda, el bosque va subiendo de nivel y se junta con la cornisa. Quizá por ahí encontremos un sendero.
Vamos para allá con el 4 x 4 y aparcamos más o menos a la altura de la cueva. Digo más o menos porque los árboles no permiten ver la cornisa y no sabemos exactamente dónde cae la cueva.
No hay ningún sendero marcado que se adentre por el bosque, así que nos metemos en la espesura.
Vamos subiendo por entre los árboles, las piedras y los matorrales.
Yo creía que estas bolas rojas solo se daban en pleno invierno, por Navidad, y ahora estamos en primavera.
Hemos llegado a la base del risco. Para acceder a la cueva, tenemos que subir esta pared de piedra. Caminamos hacia la izquierda, porque el camino va subiendo y quizá llegue a la altura de la cornisa.
¡Qué flores tan extrañas! Tienen nectarios negros...
Por fin estamos en la cornisa. Seguimos por esta vereda.
Me vienen imágenes de que tropiezo y caigo por el barranco. Voy despacio y me apoyo con el palo de caminante.
Vemos la cueva a lo lejos.
Unos pasos más y penetramos en ella.
Nos sentamos un ratito en su interior.
Es curioso cómo cambia un paisaje cuando está enmarcado por la piedra. Ahora vemos la montaña de enfrente. Ahí donde se junta el techo de la cueva con la cima lejana, se adivina la estructura de la torre de vigilancia, desde donde descubrimos este lugar.
La cornisa sigue hacia nuestra izquierda.
Nos damos la vuelta y contemplamos el recorrido que hemos hecho.
Desde aquí, la cueva no se ve, está escondida detrás de los arbolitos.
Para volver, pasamos por una angostura entre una gran piedra y la pared vertical del risco.
Nos acercamos de nuevo a la cueva.
Llegamos a la entrada a la cueva.
Desde esta perspectiva, parece una ola de piedra gigantesca a punto de engullirnos.
Nos sentamos ahora a contemplar el Barranco de la Argentada, mientras merendamos.
Estamos dentro de la ola petrificada.
Se oye el zumbido de las abejas libando las flores de romero.
Y otra vez las extrañas flores, ahora con nectarios escarlata. En una de ellas se ha posado un pequeño insecto.
Caminando por ella nos fijamos en una mata de flores que crece en la roca, sin apenas tierra.
Me acerco a la mata.
Me conmuevo... ¿Cómo puede vivir una mata tan bella en este ambiente inhóspito? Aquí hiela en invierno y sopla el viento.
¡Qué delicadeza de hojas y flores!
Vamos descendiendo. Ahora nos fijamos en una roca con liquen.
- 1 de octubre de 2009 -
Nos proponemos subir por un sendero que sigue el curso del río Glorieta hacia su nacimiento. El punto de partida es Alcover, pueblo situado a los pies de las montañas de Prades, provincia de Tarragona, en la vertiente que da al mar.
A pocos kilómetros de Alcover se encuentra la ermita de Les Virtuts, y un poco más allá han habilitado un gran aparcamiento en donde hay que dejar los coches.
El camino es largo y poco empinado en este primer tramo del paseo. Se tarda más de una hora en llegar a una hermosa cascada que se llama Niu de l'Àliga.
El cielo se refleja en la superficie del agua.
Un letrero nos informa de que atravesamos una zona de encinar, junto con otras plantas que forman parte de este bosque, como el brezo blanco (Erica Arborea, bruc boal en catalán), que abunda en este lugar. El brezo blanco tiene matas altas que se llenan de florecicas blancas.
En el sotobosque encontramos sobre todo helechos, plantas primitivas sin flores, que se reproducen por esporas. Aquí se dan bien porque gozan de sombra espesa y humedad ambiental. Son el helecho rojo (Asplenium trichomanes), el adianto negro (Asplenium adiantum-nigrum) y el polipodio (Polypodium vulgare).
La humedad favorece asimismo el crecimiento de la hierba de San Roberto (Geranium robertianum) y de la ombliguera (Umbilicus pendulinus, orella de monjo en catalán).
Aunque el camino está poblado de letreros, me cuesta reconocer las plantas reales. Por ejemplo, ¿a qué árbol pertenece esta rama? Me resulta familiar... ¿Qué es? Para eso soy un desastre.
Aparte de la encina que caracteriza esta zona, crecen también el madroño (Arbutus unedo), con sus bayas rojas comestibles, la adelfilla (Bupleurum fruticosum) y el durillo (Viburnum tinus).
Los espacios soleados que quedan entre los árboles los aprovechan la estepa blanca (Cistus albidus) y la boja blanca (Dorycnium pentaphyllum, botja d'escombres en catalán), mientras que la madreselva mediterránea (Lonicera implexa) trepa por las plantas
Por el camino encontramos cerezas de pastor (así se llaman las bayas del madroño en esta tierra), pero todavía no han madurado lo suficiente. ¿Las habéis probado alguna vez? Son muy dulces y contienen vitamina C.
Dice que el roble se distingue de las encinas que lo rodean por sus hojas, que son caducas y además verdes por las dos caras y algo más grandes. Los pájaros que se posan en sus ramas son el carbonero garrapinos (Parus ater) y la paloma torcaz (Columba palumbus), que es una paloma salvaje de mayor tamaño que la de ciudad. Y el sotobosque está lleno de durillos (Vibumum tinus), arbusto de hojas grandes con flores blancas y bayas azules. El letrero no lo dice, pero también hay higueras.
Un nuevo letrero nos explica que entre los arbustos del encinar destacan el aladierno (Rhamnus alaternus) y el aladierno falso (Phyllirea latifolia), ambos de hoja perenne.
Por lo visto hay ardillas rojas (Sciurus vulgaris) que se suben a los pinos y se alimentan de las semillas de las piñas (que en este caso no son los conocidos piñones que solemos comer los humanos, porque estos pinos no son piñoneros, sino carrascos). Y por el suelo corre el ratón de campo (Apodemus sylvaticus), buscando con qué alimentarse.
Las niñas se cansan. Quieren volver al coche. Demasiado tiempo caminando. Habrá que imaginar un juego que las distraiga.
Ya sé, el juego de adivinar una palabra por las letras con que empieza. Las palabras deben representar cosas que hemos visto por el camino.
-Veo una cosa que empieza por A.
-¡Agua!
-No. Después de la A viene una R.
-¡Árbol!
-No. Después de AR viene una E.
-¡Arena!
-¡Sí! Ahora te toca a ti ("ti" era la pequeña).
-Veo una cosa que empieza por O.
-Mmmmm, no se me ocurre nada.
-No vale, tienes que decir algo.
-¿Oscuridad?
-No. Después de la O viene una J.
-¿Ojo?
-No. Después de OJ viene una A, y se acaba la palabra.
-¿Oja? ¿Qué es OJA?
-Sí, las ojas de los árboles.
-Ah, jajaja. Es que no empieza por O. Se escribe con H, "hoja".
De este modo, jugando y riendo, sin darnos cuenta de que transcurre el tiempo, llegamos a las primeras cascaditas del río.
Dentro del río viven muchos invertebrados, pero los más visibles son los zapateros (Gerris lacustris), ya que sus largas patas les permiten mantenerse encima de la superficie del agua.
El sendero se termina y hay que atravesar el río. No hay vado. Cuando llueve mucho, es imposible pasar al otro lado, donde continúa el camino. Hay grandes piedras dispuestas en el lecho del río que facilitan su travesía.
Yo soy la única que lleva sandalias. Los otros vienen mejor equipados para caminar, con calcetines y todo. Así que ellos se sirven de las piedras para atravesar, pero a mí me gusta remojarme los pies y paso por el agua.
¡Qué ganas de meternos en el agua! Aunque sabemos que estará a unos 14 grados. En años anteriores pudimos comprobar su temperatura normal.
Y es que el río nace a tan solo un cuarto de hora más arriba, en Les Fonts del Glorieta, donde el agua mana de las entrañas de la roca. Pero hoy venimos cortos de tiempo y faltos de equipaje. No traemos comida ni traje de baño ni toalla. Tenemos que estar de vuelta en casa a la hora de comer.
En el camino de regreso nos fijamos en estas bayas rojas.
Son atractivas, pero no sabemos si se pueden comer.
Al cabo de los años he aprendido que se trata de Smilax aspera (zarzaparrilla común). No son venenosas, pero se pueden confundir con otras que sí lo son (Tamus communis). Y vemos también este curioso animalillo. Creo que es una mantis religiosa:
Todas las fotos han sido realizadas por Josep Burcet Canet, salvo la de los zapateros.