Estamos en las inmediaciones de la torre de vigilancia (torre de guaita),
contemplando el Barranco de la Argentada (conocido también como de la Argentera), que se abre ante nosotros.
El pino de la izquierda está infectado de procesionaria. Se nota por el capullo blanco que envuelve la punta. Eso me apena.
Observamos la cornisa de piedra que corona la montaña de enfrente. Un poco más abajo, se adivina una pista, casi paralela a la cornisa.
Usamos el teleobjetivo para ver la cornisa con mayor detalle.
Creemos adivinar una cueva en la cornisa. ¿A ver? Nos acercamos más con el zoom. ¡Sí! Ahora vemos claramente que es una cueva.
¿Se podrá acceder a ella siguiendo la cornisa? ¿Y cómo subimos hasta la cornisa? Hay un muro de piedra. Yo no sé escalar. Nos fijamos en que, hacia la izquierda, el bosque va subiendo de nivel y se junta con la cornisa. Quizá por ahí encontremos un sendero.
Vamos para allá con el 4 x 4 y aparcamos más o menos a la altura de la cueva. Digo más o menos porque los árboles no permiten ver la cornisa y no sabemos exactamente dónde cae la cueva.
No hay ningún sendero marcado que se adentre por el bosque, así que nos metemos en la espesura.
Vamos subiendo por entre los árboles, las piedras y los matorrales.
Yo creía que estas bolas rojas solo se daban en pleno invierno, por Navidad, y ahora estamos en primavera.
Hemos llegado a la base del risco. Para acceder a la cueva, tenemos que subir esta pared de piedra. Caminamos hacia la izquierda, porque el camino va subiendo y quizá llegue a la altura de la cornisa.
¡Qué flores tan extrañas! Tienen nectarios negros...
Por fin estamos en la cornisa. Seguimos por esta vereda.
Me da un poco de miedo.
Me vienen imágenes de que tropiezo y caigo por el barranco. Voy despacio y me apoyo con el palo de caminante.
Vemos la cueva a lo lejos.
Unos pasos más y penetramos en ella.
Nos sentamos un ratito en su interior.
Es curioso cómo cambia un paisaje cuando está enmarcado por la piedra. Ahora vemos la montaña de enfrente. Ahí donde se junta el techo de la cueva con la cima lejana, se adivina la estructura de la torre de vigilancia, desde donde descubrimos este lugar.
La cornisa sigue hacia nuestra izquierda.
Nos damos la vuelta y contemplamos el recorrido que hemos hecho.
Desde aquí, la cueva no se ve, está escondida detrás de los arbolitos.
Para volver, pasamos por una angostura entre una gran piedra y la pared vertical del risco.
Nos acercamos de nuevo a la cueva.
Llegamos a la entrada a la cueva.
Desde esta perspectiva, parece una ola de piedra gigantesca a punto de engullirnos.
Nos sentamos ahora a contemplar el Barranco de la Argentada, mientras merendamos.
Estamos dentro de la ola petrificada.
Se oye el zumbido de las abejas libando las flores de romero.
Y otra vez las extrañas flores, ahora con nectarios escarlata. En una de ellas se ha posado un pequeño insecto.
Caminando por ella nos fijamos en una mata de flores que crece en la roca, sin apenas tierra.
Me acerco a la mata.
Me conmuevo... ¿Cómo puede vivir una mata tan bella en este ambiente inhóspito? Aquí hiela en invierno y sopla el viento.
¡Qué delicadeza de hojas y flores!
Vamos descendiendo. Ahora nos fijamos en una roca con liquen.
El sol está cerca de su ocaso. Pronto se hará de noche.
Primavera de 2009. Zona de los bosques de Poblet, montañas de Prades. Fotos realizadas por Josep Burcet Canet.
ReplyDelete