Sunday, 6 September 2026

Te cuento lo que pasó en Zaragoza - Ester

 Cuando llegué a la casa de acogida de Zaragoza, habría unos 10 cuidadores. Yo iba a ser la única cuidadora. Los acogidos eran un montón, entre ellos unos 5 subnormales profundos, una novedad para mí. 


Me gustaba cómo lo organizaban todo. Los cuidadores también comían con los acogidos, igual que en el piso de la Plaza Real. A los subnormales profundos había que ponerles pañales y darles de comer como a los bebés. Había algún acogido con sida. Hombres y mujeres estaban juntos.

Pero poco después abrieron una casa para las mujeres, y tan solo contaban conmigo como cuidadora. Ahí comenzaron mis males. 

Para empezar me dieron a una sola acogida que acababa de llegar: una niña de unos 13 años, Ester, subnormal profunda. La casa de las mujeres estaba en la misma calle que la casa de los hombres, a tan solo unos pasos, y me traerían la comida que cocinaban en la casa de los hombres, por tratarse del principio. Más adelante tendríamos que cocinar nosotras mismas en la casa de las mujeres.

La primera noche fue horrible, tanto para Ester como para mí. Puse mi cama junto a la de ella para poder abrazarla mientras dormíamos y así obligarla a quedarse en la cama. Incluso vomitó, la pobre. Pero la segunda parte de la noche conseguí "amaestrarla". A partir de entonces todo se desarrolló bien y fue como si Ester se entregase a mí igual que un bebé a su madre. La primera sorprendida fui yo, dado que carecía de experiencia.

Ester era una monada. Guapa de verdad. Pelo largo y abundante. Cuerpo de adolescente que no sabía ni hablar ni comer sola ni controlar los esfínteres. Había que ponerle pañales y vestirla y lavarla. Andaba bastante bien. Su pasión era la música. Cuando nos la trajeron ya venía con una radio. Todos los días y a todas horas sintonizábamos con los "Cuarenta principales" y Ester se ponía a bailar. Un baile primitivo que consistía en balancearse hacia atrás y hacia delante siguiendo el ritmo de la música. Me aprendí todas las canciones favoritas de aquella época.

Ester casi nunca se enfadaba, era feliz con su música. Tenía padres y una hermana que la querían mucho y la visitaban a menudo. Si alguna vez se sentía contrariada, se pegaba a sí misma, nunca a los demás.

Después vinieron muchas más acogidas, pero no llegó ninguna cuidadora nueva que me ayudase. Tuvieron que venir cuidadores de la casa de los hombres. Y finalmente me fui, a escondidas, sin decirle nada a nadie (vinieron mis hijos a verme desde Barcelona y me marché con ellos). Para irme aproveché que Ester estaba de vacaciones en casa de sus padres. 


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