En esa misma casa había una señora muy simpática y dicharachera de mediana edad. No sé qué enfermedad tenía. La alojamos en una habitación del piso de arriba. Desde la sala de abajo en la que estábamos habitualmente se oía bien cuando nos llamaba.
Estaba postrada en cama. Había que darle friegas en la espalda y en los talones para evitar la aparición de llagas.
Una noche estábamos dos o tres personas conversando y oímos la voz de la señora dicharachera que llamaba.
Subí a ver qué quería y me pidió agua. Bajé a buscar un vaso de agua y se lo subí. Bebió un poco y se mostró satisfecha. Se puso a dormir.
Bajé de nuevo a la sala. Al cabo de un rato la señora pidió más agua. Le subí otro vaso, bebió y luego me pidió que le ayudara a recitar el padrenuestro. Lo hice.
Regresé a la sala. Tras un tiempo se oyó nuevamente la voz lastimera: ¡agua!
Ya algo impaciente le llevé agua de nuevo. Apenas bebió y otra vez quiso oír el padrenuestro.
Al poco, la misma voz repetía: ¡agua!
Estos episodios se repitieron una y otra vez durante la noche. Llegó un momento en el que dejé de hacer caso del ruego reiterado de la señora.
Así pasaron horas.
Ya amanecía cuando me di cuenta de que la señora se había tranquilizado. Pensé que se habría dormido por fin.
Por la mañana temprano subí a comprobar si la señora había dormido bien.
La encontré muerta.
A pesar de todos los defectos que tenía la casa de acogida de la calle Unió, las personas que vivían en ella adoraban a la señora Montse. Era guapa, joven, simpática y amable.
Sin embargo, cerraron la casa y trasladaron a los acogidos a un piso enorme de la Plaza Real.
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