Plaça Reial
Era un piso enorme. Tenía unas 30 habitaciones, pequeñas.
La sala era inmensa, con una mesa muy grande y varias pequeñas, además de unos cuantos sofás.
La señora que dirigía la casa era responsable y muy amable.
Los pocos cuidadores que éramos comíamos en la misma mesa que los acogidos, y eso me gustaba mucho.
Uno de los cuidadores era congoleño. Hablaba francés, además de castellano, y tocaba la guitarra.
La responsable de la casa era también la encargada de cocinar.
Entrando en la Plaza Real
- La señora descocada: era desconcertante. Viejecita, muy bajita, más bien fea, e iba siempre con un pecho fuera, a la vista. Decía que tenía un dolor insoportable en el pecho y que la única manera de mitigarlo era que le diera el aire.
De vez en cuando, si había algún acogido cerca, ponía cara de sinvergüenza y le proponía: ¿Te doy de mamar?
A esta casa también venía de visita el vicario de la parroquia de Belén por si alguien se quería confesar. Era del Opus Dei, tan recatado que, cuando hablaba con una mujer, ni siquiera la miraba a los ojos. Imagínate cuando vio a la señora descocada... ¡Se quedó totalmente escandalizado!
- La señora cieguecita: qué pena, no recuerdo los nombres de las personas... Esta tenía diabetes, pero no quería cuidarse. Insistía en comer cosas dulces.
Anciana, apenas veía. No se daba cuenta de lo sucias que estaban su colcha y las sábanas, y no quería que nadie las cambiase. No podía levantarse de la cama.
Una de las cosas que explicaba en primer lugar a quien se acercase a ella era que le habían extirpado uno de sus preciosos pechos. Entonces enseñaba la cicatriz del pecho extirpado y después mostraba el pecho que le quedaba, mientras decía: ¿Verdad que es hermoso?


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