Rafa me acababa de decir que no nos veríamos más.
Lo acepté enseguida.
Pero me había cogido por sorpresa.
No estaba preparada.
Era mi amigo.
Nos veíamos un día a la semana.
Ese día sus abrazos eran para mí.
Y se habían acabado.
No tenía ganas de estar sola esa noche.
¿A quién podía llamar?
Me acordé de Pere.
Pere me gustaba, con sus facciones infantiles.
Me dijo que podía ir.
Al entrar me condujo directamente a su habitación.
Yo ya había estado en su casa.
Aunque solo conocía el cuarto de estar.
Pere era arquitecto, y se notaba.
Su estilo era muy personal.
Se subió a la cama.
Era una cama a la que había que subirse.
No te podías sentar en ella y tocar el suelo con los pies.
Nunca había visto una cama tan alta.
Quizá en las películas.
Yo también me subí.
Casi podría decirse que trepé.
A los pies de la cama, en una alta cómoda blanca, un pequeño aparato de televisión, apagado.
La relación que tenía con Pere era superficial.
Solo nos habíamos visto en alguna fiesta.
Estaba casado y tenía una niña preciosa.
Ahora deseaba estar con él.
Para no pensar en Rafa, a quien no vería más.
Le expliqué que ese día me había llevado un disgusto y necesitaba compañía.
Pere me escuchaba, comprensivo.
Se tumbó en la cama.
Yo, sentada con las piernas cruzadas, le iba diciendo lo que se me pasaba por la cabeza.
Me preguntó: ¿Te dedicas al teatro?
Tenía razón, yo estaba gesticulando más de la cuenta.
Sí, estaba haciendo teatro.
—No, no me dedico al teatro.
Entonces me di cuenta de la situación.
Al verle allí, tumbado, me pregunté si se habría figurado que yo deseaba seducirle.
Y no, nada más lejos de mis intenciones.
Me hubiera encantado un abrazo de Pere.
Un abrazo muy largo, profundo, quieto.
Poder cerrar los ojos y olvidarme de Rafa a quien no iba a ver más.
¿Cómo deshacer el equívoco?
Le pregunté si podía telefonear.
Asintió; el teléfono estaba allí mismo, en la mesita.
Bajé de la cama de un salto.
Marqué el número de mi marido.
—¿Puedo dormir esta noche en tu casa?
—Sí, pero ven antes de las 10. Después, cierran el portal.
Colgué y me subí de nuevo a la cama.
Pere me miraba, inquisitivo.
—¿A qué juegas?, quiso saber.
—A nada, Pere, tenía ganas de verte, de estar contigo. Hoy he sufrido un revés y necesitaba tu compañía. No tengo donde dormir esta noche y mi marido me deja ir a su casa.
Seguimos charlando, él tranquilamente tumbado,
yo cambiando de posición,
sentada sobre mis talones,
medio recostada,
me echaba también boca arriba, mirando al techo.
Me hubiera gustado un abrazo de Pere.
Incluso un beso.
Pero mi libido estaba por los suelos.
Sonó el teléfono.
Pere lo cogió.
Una amiga le invitaba al cine.
Me preguntó si quería acompañarles.
Dije que no.
Ellos quedaron.
Ya era tarde y me despedí.
La casa de mi marido estaba lejos.
Fui andando.
Cenamos.
A mi marido le gusta la cocina macrobiótica.
Había hecho arroz integral, nituké, algunas algas, todo rociado con tamari.
Incluso comimos con palillos.
Había que masticar despacio, mezclar los alimentos con saliva y concentrarse en los sabores. Estaba todo muy bueno.
Puso música. Curiosamente, en música tenemos gustos parecidos.
Hablamos durante más de una hora.
Le expliqué lo de Rafa.
Él le conocía.
Conocía también a Gloria, su mujer.
Gloria era muy atractiva.
La chica más guapa de Girona.
Tenían cuatro hijos, pequeñitos.
Cuando conocí a Rafa, su mujer le había echado de casa.
Estaban separados.
Pero ahora Gloria quería que volviese.
Por eso no nos veríamos más.
Mi marido no tenía pareja en ese momento.
Había roto con la anterior.
Me habló también de su trabajo, de sus proyectos.
—¿Dónde quieres que duerma?
Señaló hacia su dormitorio, que daba al comedor.
—¿Y las otras camas?
—Están sin hacer, llenas de trastos.
La habitación era pequeña y la cama estaba pegada al muro.
Me pidió que me pusiera del lado de la pared.
Me acosté en ropa interior.
Al cabo de un rato vino él.
Se metió en la cama desnudo.
Le molestaba dormir con pijama.
Me arrimé a la pared y él ocupó toda la cama, tumbándose boca arriba.
Apagó la luz.
Oía cómo respiraba.
Parecía estar haciendo ejercicios de relajación.
Yo intentaba dejar un espacio entre los dos, arrimándome más al tabique.
Pero él, imperceptiblemente, se acercaba cada vez más.
Y yo procuraba separarme.
Ya estaba prácticamente empotrada.
Seguían los ejercicios respiratorios.
—¿Puedo irme a dormir a otra cama?
—No hay más camas.
Yo sabía que sí.
—Es que no puedo dormir, no tengo sitio, no cabemos los dos.
Resopló, como quien se enoja.
Se dio media vuelta y se puso a dormir de lado.
Cesaron los ejercicios de relajación.
Ahora respiraba suavemente, se había dormido.
Yo ya no vería más a Rafa.
Sus abrazos ya no serían para mí un día a la semana.
Me dolía.
Dolor pasajero.
Suspiré.
Me dormí.


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