Pasaron varios años. No siempre estuve pelando patatas. Nos iban turnando en distintos cometidos para evitar el tedio y el cansancio.
También me encomendaron que aprendiera a tocar el piano para acompañar el canto de las mujeres, con el fin de sustituir a Teresa, cuya sordera iba en aumento.
En la casa había un ala destinada a las visitas, con habitaciones, baños y comedor. Mis hijos venían a verme de vez en cuando y se quedaban todo el fin de semana.
Hacia finales del 5º año, Carmen empezó a dar muestras de cansancio en el trabajo. Tuvo que dejar de ser la jefa, Le dieron tareas más sencillas.
Una vez la tuve de compañera en la cocina. Ella era quien pelaba las patatas y las zanahorias, lavaba y cortaba las verduras y fregaba las enormes cazuelas. Lo hacía lentamente, me miraba, sonreía, tranquila. Me dijo que todo lo percibía como a través de una bruma.
Decidieron llevarla al hospital. Tras algunas pruebas, le diagnosticaron Alzheimer. No había nada que hacer más que ejercitar el cerebro.
Me encargaron la tarea de cuidar a Carmen, seguramente porque sabían que yo, en el pasado, había cuidado a otras personas.
Así que nos hicimos inseparables. Dormíamos en habitaciones contiguas. A veces, por la mañana, la encontraba caída en el suelo sin poder levantarse. Me dejaron dormir en la misma habitación que ella para vigilarla más de cerca. Mi cama junto a la suya con el fin de notar sus movimientos y ayudarla si se levantaba de noche. Durante el día le pedía que me leyese algún libro ameno en voz alta. Lo hacía a gusto, aunque cada vez le costaba más y finalmente no quiso. Luego pasamos a hacer dibujos en cartulinas con rotuladores de colores. Dedicaba cada dibujo a una de las mujeres, poniendo su nombre (el de la mujer) en una esquina. Hasta que tampoco pudo dibujar.
Empezó a necesitar ayuda para caminar. Venían dos mujeres, una a cada lado de Carmen, que la sostenían mientras caminaba por los pasillos. Le aterraba salir al jardín. Ese ejercicio también se hizo demasiado difícil para ella.
Dejó de hablar. Nos miraba, sonreía, sin palabras. No nos reconocía.
Las mujeres alquilaron una grúa de enfermería. Con ella, yo sola podía levantar a Carmen, sentarla, asearla, ponerle pañales, darle de comer. El declive fue rapidísimo.
Llegó un momento en que las mujeres pensaron que el cuidado de Carmen era demasiado peso para una sola persona. Decidieron que se irían turnando de dos en dos para atenderla y yo me encargaría del lavadero, tarea que nunca había hecho. Ellas me enseñarían. Por descontado, podía ver a Carmen cuando quisiera.
Entonces decidí dejar la casa de las 17 mujeres, a escondidas. Aproveché que vinieron a verme mis hijos para marcharme con ellos.
Mis dos hijos, Josep y Alicia, jugando con los pinos cuando vinieron a verme a la casa de las 17 mujeres
No me despedí. No dije nada a nadie de la casa. Mis hijos habían venido con el coche del novio de Alicia, Miquel. Metimos mis pocas cosas en el coche. Escribí una carta de despedida dirigida a Inma. En ella le daba la dirección del piso de Josep, que es donde me alojaría temporalmente hasta que encontrase un trabajo remunerado en Barcelona. Cuando estuvimos preparados, Miquel al volante con el coche en marcha, Alicia a su lado en el asiento del copiloto, yo detrás, agachada para que no me viesen desde la casa... entonces Josep llamó al timbre, entregó el sobre, se subió corriendo al coche y Miquel arrancó a todo gas. No teníamos miedo a nada, era como un juego, reproducíamos las típicas escapadas de las películas.
Durante el camino de vuelta a Barcelona, Josep me recitó una frase en inglés. Como sabes poco inglés, te la digo en francés:
Tous ces moments
se perdront
dans le temps,
comme les larmes
dans la pluie
Me impactó mucho en aquel momento. Es una frase famosa del film Blade Runner, ¿lo has visto?
Frase de Blade Runner en inglés: All those moments will be lost in time, like tears in rain.
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