Sunday, 6 September 2026

Te cuento lo que pasó en Barcelona, Plaza Real - Albert

Albert también vivía en el piso de la Plaza Real. Me llamó la atención enseguida. Solía sentarse solo y no hablar con nadie. Tendría unos 10 años más que yo. Me enteré de que era inglés. 

Me entraron muchas ganas de saber algo más de él, y tuve la oportunidad de sentarme a su mesa. 

Me dijeron que era alcohólico, aunque no vi nada raro en su comportamiento. Me interesaba mucho su conversación. Tenía un sentido del humor peculiar que me encantaba. Ah, su pelo era blanco y llevaba un bigote enorme, también blanco. A mí no me gustan los bigotes, pero a él le sentaba bien. Y sobre todo, me gustaba poder conversar en inglés.


Por otra parte, alguien me habló de una señora muy mayor que vivía sola y necesitaba sentirse acompañada de noche, la señora María. Fui a verla y quedamos en que dormiría en su casa a cambio de nada. 

Y eso hice: pasaría el día en el piso de la Plaza Real y dormiría en casa de la señora Maria.

Un día Albert me propuso ir a pasear juntos. Llegó bastante más tarde de lo acordado y llevaba una bolsa de plástico en la mano. En la bolsa, una botella de vino. Iba dando tragos de vez en cuando. Y se tambaleaba. Tuve un gran disgusto. Pensé: "necesita beber para salir conmigo". 

Sin embargo, seguíamos charlando en el piso de la Plaza Real. Nos hicimos muy amigos. 

Un día subió a conocer a la señora Maria. Ella parecía contenta e insistió en que Albert volviese a visitarla.

Bueno, la relación continuó y la señora María me dijo que él podía venir a vivir en su casa conmigo (más adelante la señora María me confesó que lo que ella temía era que yo me fuese a vivir con él y la dejase sola). Albert se vino a vivir conmigo en casa de la señora María.

Yo tenía la esperanza de que Albert dejase de beber si estaba satisfecho de la vida. Pero por lo visto las cosas no suceden de esa manera. Él se emborrachaba cada vez más a menudo.

Hasta que un día decidí huir. No le dije nada ni a él ni a la señora María. Lo recuerdo tan bien... Sentí miedo y alegría. Me fui al piso de la Plaza Real. Fueron buenos conmigo y me dejaron quedarme.

Ese día sigue muy vívido en mí: era la hora de la siesta. La señora María descansaba en su habitación y Albert se había quedado dormido en la terraza.

Cogí mis pocas cosas y mientras corría por las ramblas iba cantando bajito:

"Sí 
Me levantaré
Volveré junto a mi padre"

Es una canción religiosa que hace referencia a la parábola del hijo pródigo, una canción con mucha fuerza, y todavía hoy, tantos años después, recuerdo mi huida cuando oigo esa canción 

Te cuento lo que pasó en Barcelona, Plaza Real

Era un piso enorme. Tenía unas 30 habitaciones, pequeñas. 

La sala era inmensa, con una mesa muy grande y varias pequeñas, además de unos cuantos sofás. 

La señora que dirigía la casa era responsable y muy amable. 

Los pocos cuidadores que éramos comíamos en la misma mesa que los acogidos, y eso me gustaba mucho. 

Uno de los cuidadores era congoleño. Hablaba francés, además de castellano, y tocaba la guitarra. 

La responsable de la casa era también la encargada de cocinar. 

Y NO HABÍA CUCARACHAS...

- La señora descocada:era desconcertante. Viejecita, muy bajita, más bien fea, e iba siempre con un pecho fuera, a la vista. Decía que tenía un dolor insoportable en el pecho y que la única manera de mitigarlo era que le diera el aire. 


De vez en cuando, si había algún acogido cerca, ponía cara de sinvergüenza y le proponía: ¿Te doy de mamar? 

A esta casa también venía de visita el vicario de la parroquia de Belén por si alguien se quería confesar. Era del Opus Dei, tan recatado que, cuando hablaba con una mujer, ni siquiera la miraba a los ojos. Imagínate cuando vio a la señora descocada... ¡Se quedó totalmente escandalizado!

- La señora cieguecita:qué pena, no recuerdo los nombres de las personas... Esta tenía diabetes, pero no quería cuidarse. Insistía en comer cosas dulces.

Anciana, apenas veía. No se daba cuenta de lo sucias que estaban su colcha y las sábanas, y no quería que nadie las cambiase. No podía levantarse de la cama.

Una de las cosas que explicaba en primer lugar a quien se acercase a ella era que le habían extirpado uno de sus preciosos pechos. Entonces enseñaba la cicatriz del pecho extirpado y después mostraba el pecho que le quedaba, mientras decía: ¿Verdad que es hermoso?


Te cuento lo que pasó en Barcelona, calle Unió (bis)

En esa misma casa había una señora muy simpática y dicharachera de mediana edad. No sé qué enfermedad tenía. La alojamos en una habitación del piso de arriba. Desde la sala de abajo en la que estábamos habitualmente se oía bien cuando nos llamaba.


Estaba postrada en cama. Había que darle friegas en la espalda y en los talones para evitar la aparición de llagas. 

Una noche estábamos dos o tres personas conversando y oímos la voz de la señora dicharachera que llamaba.

Subí a ver qué quería y me pidió agua. Bajé a buscar un vaso de agua y se lo subí. Bebió un poco y se mostró satisfecha. Se puso a dormir.

Bajé de nuevo a la sala. Al cabo de un rato la señora pidió más agua. Le subí otro vaso, bebió y luego me pidió que le ayudara a recitar el padrenuestro. Lo hice. 

Regresé a la sala. Tras un tiempo se oyó nuevamente la voz lastimera: ¡agua!

Ya algo impaciente le llevé agua de nuevo. Apenas bebió y otra vez quiso oír el padrenuestro. 

Al poco, la misma voz repetía: ¡agua!

Estos episodios se repitieron una y otra vez durante la noche. Llegó un momento en el que dejé de hacer caso del ruego reiterado de la señora.

Así pasaron horas. 

Ya amanecía cuando me di cuenta de que la señora se había tranquilizado. Pensé que se habría dormido por fin.

Por la mañana temprano subí a comprobar si la señora había dormido bien. 

La encontré muerta.

A pesar de todos los defectos que tenía la casa de acogida de la calle Unió, las personas que vivían en ella adoraban a la señora Montse. Era guapa, joven, simpática y amable. 

Sin embargo, cerraron la casa y trasladaron  a los acogidos a un piso enorme de la plaza Real.


Te cuento lo que pasó en Barcelona, calle Unió

Yo tendría unos 45 años y mis hijos ya no me necesitaban. 

Preguntando, supe que en la calle Unió (perpendicular a las ramblas de las flores) había una casa en la que acogían y cuidaban a gente. 
La dueña, Montse, me propuso que la ayudase a cambio de techo y comida. 

Eran en su mayoría personas sin techo, aunque algunos tenían familia y pagaban. Había de todas las edades, hombres y mujeres. 

De esa casa recuerdo sobre todo a una anciana, muy bajita y muy delgada, pelo blanco lacio, bigote blanco, y con demencia senil. Tenía un hijo que venía a verla a menudo. He olvidado el nombre de la viejecita, cuánto lo siento... 

Yo la cuidaba sobre todo de noche, porque no se dormía y quería salir a trabajar o a comprar. 
No le dábamos ninguna medicación. Murió debido a un resfriado. Era muy mayor. 

En esa misma casa había un señor con el pie vendado. Yo no me ocupaba de él, pero un día me pidió encarecidamente que le cambiase las vendas, porque tenía un dolor insoportable. 

Al quitarle las vendas, vi que en la herida había GUSANOS. ¿Te lo puedes imaginar? Eran blancos, redondeados, se movían, y el olor era como a podrido. 
No se lo dije. 
Limpié la herida lo mejor que pude y le puse una nueva venda. 

Me quedé muy impresionada. Fui a una farmacia a preguntar si era normal que apareciesen gusanos en una herida. Me dijeron que ni hablar. Que llamase a un médico. 

Al día siguiente se lo expliqué a Montse, la dueña. Dijo que me lo había imaginado, que a veces el pus hacía hilos y que yo había pensado que eran gusanos. Entendí que ella no iba a admitir la realidad... Los gusanos que yo vi no eran filiformes. Vaya, que eran de verdad, imposible confundirlos con otra cosa. 

Continué cuidándole el pie. 

Murió al cabo de poco tiempo. 

En esa casa había un montón de cucarachas. Por la noche era como un hervidero. Y abrías, por ejemplo, el cajón del pan, y estaba lleno de cucarachas. 

Me quejé de estas cosas al sacerdote que venía a la casa de vez en cuando, era el vicario de la parroquia de Belén, calle del Carmen, y él me decía que, a pesar de todo, esas personas estaban ahí o en la calle, que era peor...