Sunday, 6 September 2026

Te cuento lo que pasó en Valencia - Carmen (continuación)

Pasaron varios años. No siempre estuve pelando patatas. Nos iban turnando en distintos cometidos para evitar el tedio y el cansancio. 

También me encomendaron que aprendiera a tocar el piano para acompañar el canto de las mujeres, con el fin de sustituir a Teresa, cuya sordera iba en aumento. 

En la casa había un ala destinada a las visitas, con habitaciones, baños y comedor. Mis hijos venían a verme de vez en cuando y se quedaban todo el fin de semana. 

Hacia finales del 5º año, Carmen empezó a dar muestras de cansancio en el trabajo. Tuvo que dejar de ser la jefa, Le dieron tareas más sencillas. 

Una vez la tuve de compañera en la cocina. Ella era quien pelaba las patatas y las zanahorias, lavaba y cortaba las verduras y fregaba las enormes cazuelas. Lo hacía lentamente, me miraba, sonreía, tranquila. Me dijo que todo lo percibía como a través de una bruma. 

Decidieron llevarla al hospital. Tras algunas pruebas, le diagnosticaron Alzheimer. No había nada que hacer más que ejercitar el cerebro. 

Me encargaron la tarea de cuidar a Carmen, seguramente porque sabían que yo, en el pasado, había cuidado a otras personas.

Así que nos hicimos inseparables. Dormíamos en habitaciones contiguas. A veces, por la mañana, la encontraba caída en el suelo sin poder levantarse. Me dejaron dormir en la misma habitación que ella para vigilarla más de cerca. Mi cama junto a la suya con el fin de notar sus movimientos y ayudarla si se levantaba de noche. Durante el día le pedía que me leyese algún libro ameno en voz alta. Lo hacía a gusto, aunque cada vez le costaba más y finalmente no quiso. Luego pasamos a hacer dibujos en cartulinas con rotuladores de colores. Dedicaba cada dibujo a una de las mujeres, poniendo su nombre (el de la mujer) en una esquina. Hasta que tampoco pudo dibujar. 

Empezó a necesitar ayuda para caminar. Venían dos mujeres, una a cada lado de Carmen, que la sostenían mientras caminaba por los pasillos. Le aterraba salir al jardín. Ese ejercicio también se hizo demasiado difícil para ella. 

Dejó de hablar. Nos miraba, sonreía, sin palabras. No nos reconocía. 

Las mujeres alquilaron una grúa de enfermería. Con ella, yo sola podía levantar a Carmen, sentarla, asearla, ponerle pañales, darle de comer. El declive fue rapidísimo. 

Llegó un momento en que las mujeres pensaron que el cuidado de Carmen era demasiado peso para una sola persona. Decidieron que se irían turnando de dos en dos para atenderla y yo me encargaría del lavadero, tarea que nunca había hecho. Ellas me enseñarían. Por descontado, podía ver a Carmen cuando quisiera. 

Entonces decidí dejar la casa de las 17 mujeres, a escondidas. Aproveché que vinieron a verme mis hijos para marcharme con ellos.

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Mis dos hijos, Josep y Alicia, jugando con los pinos cuando vinieron a verme a la casa de las 17 mujeres 

No me despedí. No dije nada a nadie de la casa. Mis hijos habían venido con el coche del novio de Alicia, Miquel. Metimos mis pocas cosas en el coche. Escribí una carta de despedida dirigida a Inma. En ella le daba la dirección del piso de Josep, que es donde me alojaría temporalmente hasta que encontrase un trabajo remunerado en Barcelona. Cuando estuvimos preparados, Miquel al volante con el coche en marcha, Alicia a su lado en el asiento del copiloto, yo detrás, agachada para que no me viesen desde la casa... entonces Josep llamó al timbre, entregó el sobre, se subió corriendo al coche y Miquel arrancó a todo gas. No teníamos miedo a nada, era como un juego, reproducíamos las típicas escapadas de las películas.

Durante el camino de vuelta a Barcelona, Josep me recitó una frase en inglés. Como sabes poco inglés, te la digo en francés:

 Tous ces moments
 se perdront
 dans le temps,
 comme les larmes
 dans la pluie


Me impactó mucho en aquel momento. Es una frase famosa del film Blade Runner, ¿lo has visto?




Te cuento lo que pasó en Valencia - Carmen

La casa de las 17 mujeres:

Situada en las proximidades de un pueblo de la provincia de Valencia, tenía bastante terreno, vallado. Había pinos, numerosos naranjos, 4 palmeras y dos limoneros. Una parte del terreno se destinaba a huerta, en la que se plantaban acelgas, alcachofas, tomates, etc. La casa constaba de dos pisos, arriba los dormitorios, abajo, la sala de canto, el comedor, la cocina, despensa, sala de costura, lavadero y gran patio interior, en el que estaban las 4 palmeras. También había una sala de reunión, una sala de lectura con biblioteca y un pequeño taller, además de un local de trabajo.

En esta casa viví seis años. Una de las mujeres era Carmen

Las 17 mujeres de la casa:

1 - Julita: era vasca, fuerte, cara muy dulce. Cuidaba de la huerta y los naranjos. 
2 - Agripina: mexicana. Una verdadera manitas. Arreglaba de todo, desde zapatos hasta cualquier aparato eléctrico. Conducía el coche y también el tractor, al que llamaban "la burra".  
3 - Teresa: valenciana. Era de las mayores y se estaba quedando sorda, gran inconveniente teniendo en cuenta que era la encargada de tocar el piano para acompañar el canto de las mujeres.
4 - Pilar: vasca, guapa, rápida y enérgica. Tenía la carrera de piano, pero prefería el canto, pues cantaba como los ángeles (a saber cómo cantan los ángeles; acabo de acordarme de tu madre, que cantaba tan bien).
5 - Inma: gallega. Llevaba la batuta de la casa de las 17 mujeres. Decidía qué tareas debía hacer cada una. Padecía osteoporosis. 
6 - Nati: valenciana. Cocinera, muy buena por cierto.
7 - América: soriana. La más joven de la casa. Encargada de la despensa. Le gustaba mucho su cometido.
8 - Carmen: valenciana. Era la jefa del grupo de trabajo. Tenía don de mando y organización.
9 - Clara: valenciana. Voluminosa. Llena de manías, que la hacían divertida.
10 - Ángeles: valenciana. Muy rápida en el trabajo. Buen carácter.
11 - Antonia: de Barcelona. Cantaba muy bien la tercera voz (bajos). Tenía la risa floja, si algo le hacía gracia no podía parar y contagiaba.
12 - Conchita: gallega. De las mayores, muy seria y seca. Se dedicaba al ropero y a la costura.
13 - Visitación: valenciana. Seria, estricta. Ayudaba a Inma a llevar la batuta. 
14 - Fernanda: ancianita, apenas la conocí.
15 - Isabel: riojana. Se ocupaba de las relaciones interpersonales. 
16 - Cari: no sé de dónde era, pero había vivido en Francia durante bastantes años. Ayudaba a Inma y se ocupaba de atender a las visitas. Cogía y llamaba por teléfono.
17 - ¡Ay! No recuerdo quién era la mujer que falta.

Después de un mes de prueba, me dejaron (y yo quise) vivir con ellas. Vinieron más mujeres, se iban al cabo de un tiempo. Una se quedó: Encarnita, de Valencia, con 18 años, voz excepcional y grandes dotes para la música.  

El trabajo     

Cuando empecé, el trabajo que tenían las mujeres consistía en participar de los quehaceres de una granja colindante de gallinas ponedoras. Nos levantábamos muy temprano, todavía de noche, y, como fantasmas con nuestros delantales, salíamos por una portezuela practicada en nuestro muro para entrar en la granja. Al abrir la puerta era inusitado el cacareo y el olor de las gallinas, que compartían jaulas. Debíamos recoger los huevos que habían puesto. Luego los llevábamos a una cinta transportadora y, cuando pasaban ante cada una de nosotras, descartábamos los defectuosos, separábamos los muy sucios en un tipo de cartón para huevos y los limpios en otro tipo de cartón, y apilábamos los cartones. A continuación, Agripina o Carmen, las más dotadas para trabajar con maquinaria, elevaban con una pequeña grúa las pilas de cartones para colocarlas en el camión que los transportaría a las tiendas.

Al cabo de un tiempo, una empresa de cerámica nos ofreció la posibilidad de participar en el proceso de fabricación de las piezas. Primero nos enseñaron. La empresa traía a la casa de las 17 mujeres grandes cubas con la pasta, que había que menear con un palo. También nos dieron los moldes, que se accionaban por la mitad, se cerraban con una goma fuerte y tenían una abertura en la parte superior. Era un trabajo más bonito y descansado que el de la granja de gallinas. Los moldes se llenaban de pasta. Había que esperar un tiempo determinado a que cuajase la parte exterior de la pieza (la que estaba en contacto con el molde) y luego el molde se vaciaba de la pasta sobrante para que la pieza quedase hueca, no maciza. Se abría el molde por la mitad, se sacaba la pieza y se ponía a secar en estanterías. Por último, con una esponja húmeda, se quitaban las manchas y las imperfecciones de cada pieza. La empresa venía a buscar las piezas acabadas y se las llevaba para cocerlas en el horno. Todo este proceso lo organizaba Carmen.

Las mujeres pensaron que yo no servía para este trabajo porque era demasiado lenta, y me pusieron como ayudante de cocina con Nati. A Nati no le hizo mucha gracia tenerme como ayudante. Prefería trabajar sola. Me destinó a pelar patatas y zanahorias, a cortar y lavar acelgas, alcachofas y otras verduras, así como a lavar las grandes ollas y sartenes que se necesitaban para hacer comida para tantas personas. Sin embargo, observando a Nati, aprendí muchas cosas de cocina.   

(Continuará)


Te cuento lo que pasó en Zaragoza - Ester

 Cuando llegué a la casa de acogida de Zaragoza, habría unos 10 cuidadores. Yo iba a ser la única cuidadora. Los acogidos eran un montón, entre ellos unos 5 subnormales profundos, una novedad para mí. 


Me gustaba cómo lo organizaban todo. Los cuidadores también comían con los acogidos, igual que en el piso de la Plaza Real. A los subnormales profundos había que ponerles pañales y darles de comer como a los bebés. Había algún acogido con sida. Hombres y mujeres estaban juntos.

Pero poco después abrieron una casa para las mujeres, y tan solo contaban conmigo como cuidadora. Ahí comenzaron mis males. 

Para empezar me dieron a una sola acogida que acababa de llegar: una niña de unos 13 años, Ester, subnormal profunda. La casa de las mujeres estaba en la misma calle que la casa de los hombres, a tan solo unos pasos, y me traerían la comida que cocinaban en la casa de los hombres, por tratarse del principio. Más adelante tendríamos que cocinar nosotras mismas en la casa de las mujeres.

La primera noche fue horrible, tanto para Ester como para mí. Puse mi cama junto a la de ella para poder abrazarla mientras dormíamos y así obligarla a quedarse en la cama. Incluso vomitó, la pobre. Pero la segunda parte de la noche conseguí "amaestrarla". A partir de entonces todo se desarrolló bien y fue como si Ester se entregase a mí igual que un bebé a su madre. La primera sorprendida fui yo, dado que carecía de experiencia.

Ester era una monada. Guapa de verdad. Pelo largo y abundante. Cuerpo de adolescente que no sabía ni hablar ni comer sola ni controlar los esfínteres. Había que ponerle pañales y vestirla y lavarla. Andaba bastante bien. Su pasión era la música. Cuando nos la trajeron ya venía con una radio. Todos los días y a todas horas sintonizábamos con los "Cuarenta principales" y Ester se ponía a bailar. Un baile primitivo que consistía en balancearse hacia atrás y hacia delante siguiendo el ritmo de la música. Me aprendí todas las canciones favoritas de aquella época.

Ester casi nunca se enfadaba, era feliz con su música. Tenía padres y una hermana que la querían mucho y la visitaban a menudo. Si alguna vez se sentía contrariada, se pegaba a sí misma, nunca a los demás.

Después vinieron muchas más acogidas, pero no llegó ninguna cuidadora nueva que me ayudase. Tuvieron que venir cuidadores de la casa de los hombres. Y finalmente me fui, a escondidas, sin decirle nada a nadie (vinieron mis hijos a verme desde Barcelona y me marché con ellos). Para irme aproveché que Ester estaba de vacaciones en casa de sus padres. 


Te cuento lo que pasó en Barcelona, Plaza Real - Albert

Albert también vivía en el piso de la Plaza Real. Me llamó la atención enseguida. Solía sentarse solo y no hablar con nadie. Tendría unos 10 años más que yo. Me enteré de que era inglés. 

Me entraron muchas ganas de saber algo más de él, y tuve la oportunidad de sentarme a su mesa. 

Me dijeron que era alcohólico, aunque no vi nada raro en su comportamiento. Me interesaba mucho su conversación. Tenía un sentido del humor peculiar que me encantaba. Ah, su pelo era blanco y llevaba un bigote enorme, también blanco. A mí no me gustan los bigotes, pero a él le sentaba bien. Y sobre todo, me gustaba poder conversar en inglés.


Por otra parte, alguien me habló de una señora muy mayor que vivía sola y necesitaba sentirse acompañada de noche, la señora María. Fui a verla y quedamos en que dormiría en su casa a cambio de nada. 

Y eso hice: pasaría el día en el piso de la Plaza Real y dormiría en casa de la señora Maria.

Un día Albert me propuso ir a pasear juntos. Llegó bastante más tarde de lo acordado y llevaba una bolsa de plástico en la mano. En la bolsa, una botella de vino. Iba dando tragos de vez en cuando. Y se tambaleaba. Tuve un gran disgusto. Pensé: "necesita beber para salir conmigo". 

Sin embargo, seguíamos charlando en el piso de la Plaza Real. Nos hicimos muy amigos. 

Un día subió a conocer a la señora Maria. Ella parecía contenta e insistió en que Albert volviese a visitarla.

Bueno, la relación continuó y la señora María me dijo que él podía venir a vivir en su casa conmigo (más adelante la señora María me confesó que lo que ella temía era que yo me fuese a vivir con él y la dejase sola). Albert se vino a vivir conmigo en casa de la señora María.

Yo tenía la esperanza de que Albert dejase de beber si estaba satisfecho de la vida. Pero por lo visto las cosas no suceden de esa manera. Él se emborrachaba cada vez más a menudo.

Hasta que un día decidí huir. No les dije nada, ni a él ni a la señora María. Lo recuerdo tan bien... Sentí miedo y alegría. Me fui al piso de la Plaza Real. Fueron buenos conmigo y me dejaron quedarme.

Ese día sigue muy vívido en mí: era la hora de la siesta. La señora María descansaba en su habitación y Albert se había quedado dormido en la terraza.

Cogí mis pocas cosas y mientras corría por las ramblas...



... iba cantando bajito:

"Sí 
Me levantaré
Volveré junto a mi padre"


Es una canción religiosa que hace referencia a la parábola del hijo pródigo, una canción con mucha fuerza, y todavía hoy, tantos años después, recuerdo mi huida cuando oigo esa canción 

Te cuento lo que pasó en Barcelona, Plaza Real

Era un piso enorme. Tenía unas 30 habitaciones, pequeñas. 

La sala era inmensa, con una mesa muy grande y varias pequeñas, además de unos cuantos sofás. 

La señora que dirigía la casa era responsable y muy amable. 

Los pocos cuidadores que éramos comíamos en la misma mesa que los acogidos, y eso me gustaba mucho. 

Uno de los cuidadores era congoleño. Hablaba francés, además de castellano, y tocaba la guitarra. 

La responsable de la casa era también la encargada de cocinar. 

Y NO HABÍA CUCARACHAS...

- La señora descocada: era desconcertante. Viejecita, muy bajita, más bien fea, e iba siempre con un pecho fuera, a la vista. Decía que tenía un dolor insoportable en el pecho y que la única manera de mitigarlo era que le diera el aire. 


De vez en cuando, si había algún acogido cerca, ponía cara de sinvergüenza y le proponía: ¿Te doy de mamar? 

A esta casa también venía de visita el vicario de la parroquia de Belén por si alguien se quería confesar. Era del Opus Dei, tan recatado que, cuando hablaba con una mujer, ni siquiera la miraba a los ojos. Imagínate cuando vio a la señora descocada... ¡Se quedó totalmente escandalizado!

- La señora cieguecita: qué pena, no recuerdo los nombres de las personas... Esta tenía diabetes, pero no quería cuidarse. Insistía en comer cosas dulces.

Anciana, apenas veía. No se daba cuenta de lo sucias que estaban su colcha y las sábanas, y no quería que nadie las cambiase. No podía levantarse de la cama.

Una de las cosas que explicaba en primer lugar a quien se acercase a ella era que le habían extirpado uno de sus preciosos pechos. Entonces enseñaba la cicatriz del pecho extirpado y después mostraba el pecho que le quedaba, mientras decía: ¿Verdad que es hermoso?


Te cuento lo que pasó en Barcelona, calle Unió (bis)

En esa misma casa había una señora muy simpática y dicharachera de mediana edad. No sé qué enfermedad tenía. La alojamos en una habitación del piso de arriba. Desde la sala de abajo en la que estábamos habitualmente se oía bien cuando nos llamaba.


Estaba postrada en cama. Había que darle friegas en la espalda y en los talones para evitar la aparición de llagas. 

Una noche estábamos dos o tres personas conversando y oímos la voz de la señora dicharachera que llamaba.

Subí a ver qué quería y me pidió agua. Bajé a buscar un vaso de agua y se lo subí. Bebió un poco y se mostró satisfecha. Se puso a dormir.

Bajé de nuevo a la sala. Al cabo de un rato la señora pidió más agua. Le subí otro vaso, bebió y luego me pidió que le ayudara a recitar el padrenuestro. Lo hice. 

Regresé a la sala. Tras un tiempo se oyó nuevamente la voz lastimera: ¡agua!

Ya algo impaciente le llevé agua de nuevo. Apenas bebió y otra vez quiso oír el padrenuestro. 

Al poco, la misma voz repetía: ¡agua!

Estos episodios se repitieron una y otra vez durante la noche. Llegó un momento en el que dejé de hacer caso del ruego reiterado de la señora.

Así pasaron horas. 

Ya amanecía cuando me di cuenta de que la señora se había tranquilizado. Pensé que se habría dormido por fin.

Por la mañana temprano subí a comprobar si la señora había dormido bien. 

La encontré muerta.

A pesar de todos los defectos que tenía la casa de acogida de la calle Unió, las personas que vivían en ella adoraban a la señora Montse. Era guapa, joven, simpática y amable. 

Sin embargo, cerraron la casa y trasladaron a los acogidos a un piso enorme de la Plaza Real.


Te cuento lo que pasó en Barcelona, calle Unió

Yo tendría unos 45 años y mis hijos ya no me necesitaban. 

Preguntando, supe que en la calle Unió (perpendicular a las ramblas de las flores) había una casa en la que acogían y cuidaban a gente. 
La dueña, Montse, me propuso que la ayudase a cambio de techo y comida. 

Eran en su mayoría personas sin techo, aunque algunos tenían familia y pagaban. Había de todas las edades, hombres y mujeres. 

De esa casa recuerdo sobre todo a una anciana, muy bajita y muy delgada, pelo blanco lacio, bigote blanco, y con demencia senil. Tenía un hijo que venía a verla a menudo. He olvidado el nombre de la viejecita, cuánto lo siento... 

Yo la cuidaba sobre todo de noche, porque no se dormía y quería salir a trabajar o a comprar. 
No le dábamos ninguna medicación. Murió debido a un resfriado. Era muy mayor. 

En esa misma casa había un señor con el pie vendado. Yo no me ocupaba de él, pero un día me pidió encarecidamente que le cambiase las vendas, porque tenía un dolor insoportable. 

Al quitarle las vendas, vi que en la herida había GUSANOS. ¿Te lo puedes imaginar? Eran blancos, redondeados, se movían, y el olor era como a podrido. 
No se lo dije. 
Limpié la herida lo mejor que pude y le puse una nueva venda. 

Me quedé muy impresionada. Fui a una farmacia a preguntar si era normal que apareciesen gusanos en una herida. Me dijeron que ni hablar. Que llamase a un médico. 

Al día siguiente se lo expliqué a Montse, la dueña. Dijo que me lo había imaginado, que a veces el pus hacía hilos y que yo había pensado que eran gusanos. Entendí que ella no iba a admitir la realidad... Los gusanos que yo vi no eran filiformes. Vaya, que eran de verdad, imposible confundirlos con otra cosa. 

Continué cuidándole el pie. 

Murió al cabo de poco tiempo. 

En esa casa había un montón de cucarachas. Por la noche era como un hervidero. Y abrías, por ejemplo, el cajón del pan, y estaba lleno de cucarachas. 

Me quejé de estas cosas al sacerdote que venía a la casa de vez en cuando, era el vicario de la parroquia de Belén, calle del Carmen, y él me decía que, a pesar de todo, esas personas estaban ahí o en la calle, que era peor...