Wednesday, 9 September 2026

Te cuento lo que pasó en Barcelona, calle Peu de la Creu

Me hablaron de una señora que vivía sola y buscaba compañía. Estaba en el mismo barrio. Se llamaba María y tenía más de 90 años. Me fui a vivir con ella porque no resistía más en la casa de acogida de la calle Unió.

La señora María tenía una hernia en el diafragma. Le costaba mucho caminar.

Vivía en un ático de la calle Peu de la Creu. Sin ascensor. No salía a la calle casi nunca. Tenía familiares, pero ella quería vivir sola.

El ático era minúsculo: un pequeño comedor/estar/cocina, en el que solo cabía una mesa camilla con dos sillas y un silloncito, además de una cocinita tipo camping y un fregadero para platos. No había ducha ni pica. Solo el retrete: una persona voluminosa no habría podido cerrar la puerta, que era la única puerta del piso.

El resto era como tres compartimentos unidos por un estrecho pasillo. En el compartimento del fondo dormía la señora María, en una cama de matrimonio. Había un armario.

En el compartimento del medio dormía yo en una cama de plaza, con un armario.

En el primer compartimento estaba la nevera y un arca para guardar cosas. Nada más.

Pero aquel minúsculo pisito tenía un lujo: La Terraza: una parte de ella estaba cubierta con onduline. Había un lavadero. Ahí es donde nos lavábamos nosotras y la ropa, hiciera calor o frío. Daba el sol todo el día. Desde ella se veía el mar.

Lo único que la señora María me prohibió fue que le hiciese la cama, quería hacérsela ella.

De vez en cuando la ayudaba a bajar, con gran fatiga, los 5 pisos y la llevaba a la peluquería, porque era muy presumida. 

Tenía amigas que la visitaban y también venía a menudo su familia.
  
La señora María no me podía pagar. Tampoco me podía dar de comer. Solo me daba alojamiento. No era mucho lo que me pedía a cambio: algunas faenas de la casa, ir a comprar y tener compañía por la noche. 

Me quedaba mucho tiempo libre. Al principio me asusté, porque ella, acostumbrada a estar siempre sola, se ponía a golpear las cosas y a maldecir con tanta intensidad que la voz parecía proceder de una bruja. Se me erizaba el vello de la impresión. Me entraba pánico por la noche, no había ninguna puerta que me separara de ella. Pero eso se le fue pasando. Su carácter se dulcificó. Estaba más contenta.

Yo, para comer, iba a la parte de atrás del mercado de la Boquería, y allí siempre tiraban cosas que se podían aprovechar: hortalizas y fruta, por ejemplo. También miraba en las papeleras de la ciudad y, al anochecer, en los contenedores. Llegué a conocer a toda esa ingente multitud que se nutre de lo que desechan los ricos.

Hice amistades entre ellos, me hacían regalitos, me enseñaban trucos. Delante de las dulcerías y de las panaderías encontrabas, muy bien envueltos, el pan o los dulces que nadie había querido comprar. Delante de algunos colmados, tiraban grandes pedazos de queso un poco enmohecido. Con solo quitarle la primera capa, estaba buenísimo.

Encontraba mucho más de lo que yo necesitaba para alimentarme, así que también le llevaba comida a la señora Maríacompartíamos el botín - comíamos las dos.

La señora María tenía macetas con tierra, sin ninguna planta. Yo recogía trocitos de geranios por la calle que se habrían caído de algún balcón. Los llevaba a su casa y los plantaba. De vez en cuando también encontraba macetas tiradas y se las llevaba. Poco a poco, con tanto sol como había en la terraza, tuvimos un jardín lleno de flores. En verano mojábamos el suelo de la terraza con la manguera y se estaba fresquito.

El sacerdote de la parroquia de Belén, calle del Carmen, visitaba con cierta frecuencia a la señora María. Un día me sugirió que le pidiera a ella dinero para el viaje a no sé qué centro de rehabilitación en Segovia para un chico enfermo de sida. Me indigné con el sacerdote, cómo era posible que le pidiera dinero a la señora María siendo ella tan pobre. Pero él replicó que había conocido a muchas ancianitas avaras que escondían dinero bajo el colchón. Qué mal pensado aquel sacerdote, pensé.

Sin embargo, llevé al enfermo de sida a casa de ella para que, viéndolo, dejara obrar a su corazón. Y, efectivamente, la señora María me dio un billete de 5000 pesetas y me dijo que fuera con el chico a cambiarlo en cualquier tienda de la calle y que le diera a él las 2000 que necesitaba.

El chico se quedó conmovido. Pudo hacer el viaje.

La señora María enfermó y pasó unos días en el hospital, quedando yo sola en su piso. Entonces le hice la cama y encontré gruesos fajos de billetes debajo del colchón. Dejé el dinero tal como estaba, no le conté nada cuando volvió al piso. El sacerdote de la parroquia de Belén estaba en lo cierto: hay ancianos avaros que esconden su dinero. 

  

No comments:

Post a Comment