El nº 81-83 de la calle Casta Álvarez, la casa de los hombres, se llamó Casa Familiar Virgen del Pilar.
Constaba de cuatro pisos y un desván.
Los propios cuidadores habían pintado el cuarto piso, la escalera y la entrada todo de azul celeste, en gotelé. Era bonito.
Habían llenado las habitaciones con literas, lo cual me alarmaba mucho, porque implicaba más acogidas para mí sola.
En la sala-comedor había una mesa grande y varias mesas para 4 personas, además de un sofá; era un local agradable, con un ventanal que daba a la calle y por donde entraba el sol, y las acogidas se distraían viendo pasar a los transeúntes. Había televisión.
En el fondo de la sala construyeron un cuarto de baño completo.
Algunos acogidos de la casa de los hombres solían venir a sentarse con nosotras.
Un día recibí una llamada de un hospital de Barcelona. Era una enfermera que me llamaba de parte de Albert, mi amigo inglés, a quien habían encontrado tirado por la calle, borracho.
Él había dado mi teléfono (el del piso de la Plaza Real) a la enfermera, quería hablar conmigo. Le di la dirección de la casa de los cuidadores de Zaragoza por si se quería venir.
Y así lo hizo. Los cuidadores lo acogieron.
En la casa de las mujeres teníamos acogida a la abuela de Jesús Alcalá, con fuerte reumatismo, y a su joven hermana Estrella, con una leve discapacidad mental, que no le impedía hacer algunas tareas de la casa. Por supuesto, nuestra primera acogida había sido la niña Ester, de quien ya he hablado en una entrada anterior.
Llegó también María Robles, una acogida que yo había conocido ya en el piso de la Plaza Real (Barcelona). Era de mediana edad y podía ayudarme. Tenía problemas de depresión. Le gustaba mucho cocinar.
Otra acogida era Cecilia, una joven sueca, sumamente delgada, que se había roto una pierna y no tenía adónde ir. Ella también ayudaba en la casa, sobre todo en la cocina.
Y así fueron llegando cada vez más acogidas.
Había un grupo de ancianitas simpáticas, una era algo ciega, otra bastante sorda y una tercera, con una incipiente demencia senil.
Por la mañana nos íbamos juntas, cogidas de la mano, a misa al Pilar.
Este es el camino que seguíamos: saliendo de Casta Álvarez, enfrente se ve el Mercado Central, torcíamos a la izquierda, luego a la derecha y ya estábamos en la plaza de la basílica.
Una de mis acogidas tenía Alzheimer. Estaba en una fase en la que ya no hablaba, apenas reconocía a las personas y no caminaba sin ayuda. Todavía la podíamos bajar a la sala-comedor, donde se pasaba las horas sentada, tranquila.
Mis hijos vinieron a verme desde Barcelona, y pudieron dormir en la casa, en las literas del piso superior.
Yo cada vez tenía más trabajo. El número de acogidas iba aumentando, no así el número de cuidadoras con quienes compartir la carga. Ni de noche podía descansar, algunas ancianitas se despertaban y requerían atención.
Una de las acogidas que más me costó cuidar se llamaba Elena. Tendría unos 50 años.
No era pobre como las demás, no sé por qué se empeñaba en vivir en nuestra casa.
Tenía la enfermedad de Parkinson y crisis depresivas. Fue entonces cuando comprendí lo terrible que es la depresión. Si el otro día, al conocer a Ester, nos dábamos cuenta todos de lo maravillosa que es la sonrisa, fijaos ahora en lo tremendo que debe de ser sentirse alguien irremediablemente prisionero de la tristeza.
Me resultaba imposible animarla. Creo que era algo somático, no dependía de su voluntad.
En una de sus crisis, se la llevaron al hospital.
El día que fui a verla, me quedé horrorizada: la habían acostado en una especie de cuna grande, completamente desnuda, con las muñecas atadas a los barrotes. No me reconocía.
La enfermera me contó que era la propia Elena quien no toleraba que la vistieran.
Al cabo de poco volví a visitarla. Estaba ya vestida, arreglada, sentadita en un sillón.
No sé por qué, mientras le hablaba, se me ocurrió acariciarle una rodilla con la punta de los dedos. Elena se apartó disgustada y me prohibió que la tocara.
A medida que iba aumentando el número de acogidas, mi capacidad iba menguando. En contra de todas mis expectativas, no venía ninguna cuidadora a hacerme compañía.
Pensé que, como otras veces, me había vuelto a equivocar. Tenía que marcharme. Aproveché para ello un viaje de mis hijos a Zaragoza. Me fui con ellos de nuevo a Barcelona.
Había estado en Zaragoza durante dos años
La obra de Jesús Alcalá siguió adelante.
Sé que, posteriormente, hubo escándalos y denuncias, y cerraron algunas de las casas.
El 4 de mayo de 1995, según leí en las noticias, un enorme revuelo de vecinos, tras investigaciones policiales, con numerosas críticas, pero también apoyos, rodeaba los locales que los cuidadores de la Cruz y la Resurrección tenían ilegalmente por varias provincias para acoger a ancianos, discapacitados y enfermos crónicos.
La Fiscalía de la Audiencia Provincial de Zaragoza inició la investigación que acabó con su salida del casco antiguo de Zaragoza.
El cierre de sus instalaciones se produjo definitivamente en 2011 por las condiciones de insalubridad en las que vivían sus últimos residentes y tras un largo proceso de investigación a sus responsables por las denuncias presentadas.
El cuidador responsable de todas las casas, Jesús Alcalá Júdez, ha dejado de cuidar a pobres y enfermos. Ahora se dedica a evangelizar por las calles de Zaragoza, sobre todo en la Plaza del Pilar. Ha publicado un libro sobre los evangelios.
Le acompaña un grupo de 7 seguidores. Llevan un palo con una cruz en lo alto, un rosario y flores.








No comments:
Post a Comment