Wednesday, 16 September 2026

Playa de Saint Jean de Luz - El chico de la orilla

 Esta soy yo a los 11 años, junto con mis dos hermanos:

Nosotros tres en Valladolid

El uniforme era marrón oscuro. Lo llevé de los 9 a los 13 años, mientras estuve interna en Valladolid. 

En realidad llevaba gafas, redondas, doradas, como las de los Beatles. Mi padre quiso que me las quitara para salir más guapa en la foto.

Yo era muy tímida y algo acomplejada, porque cuando llegué al colegio no sabía hablar castellano ni tampoco conocía nada de la historia y la geografía de España. Todo lo tuve que aprender de cero.

Recuerdo la primera vez que, asombrada, oí cantar los ríos de memoria:

          "El Miño nace en Fuente Miña,
           provincia de Lugo, 
           pasa por Lugo, Orense y Tuy,
           y desemboca en el Océano Atlántico
           por La Guardia".

Ese fue el único río que me aprendí. Era el más corto. El Duero, el Tajo, el Guadiana, el Guadalquivir y el Ebro, nunca me entraron. Y mis compañeras los recitaban incluso con los afluentes. Ni me entraron los reyes godos, aquella lista interminable: Ataúlfo...

Los he ido a buscar en Internet:

- Ataúlfo - Sigerico - Walia - Teodorico(I) - Turismundo - Teodorico(II) - Alarico
- Gesaleico - Amalarico - Teudis - Teudiselo - Agila - Atanagildo - Liuva(I)
- Leovigildo - Recaredo(I) - Liuva(II) - Witerico - Gundemaro - Sisebuto
- Recaredo(II) - Suintila - Sisenando - Chintila - Tulga - Chindasvinto
- Recesvinto - Wamba - Ervigio - Egica - Witiza y Rodrigo.


Con esa misma cantinela, mis 2 hermanos, internos en el colegio San José de los jesuitas, me enseñaron la lista de futbolistas del Real Valladolid:

Saso, Matito, Lesmes I, Lesmes II, Ortega, Lasala...

He encontrado varias referencias a la lista en Internet. Era por el año 1953.

Tampoco me pude aprender nunca las letanías de la Virgen. ¿Os acordáis?

... Mater Amabilis, ora pro nobis, Mater Adorabilis, ora pro nobis...

Todas las niñas se las sabían menos yo. ¡Qué vergüenza! Las niñas se burlaban un poco de mí, sin mala intención. 

Hicimos una excursión a Lourdes. Al volver nos paramos en Saint Jean de Luz y bajamos a la playa.

Playa de Saint Jean de Luz

Era un día así, frío y nublado. 
Nosotras nos sentamos en la arena, formando una fila paralela a la orilla del mar. Yo estaba más o menos hacia la mitad, ni muy a la izquierda, ni muy a la derecha. Miraba el mar.

Las dos monjas que nos cuidaban se sentaron algo apartadas.

Yo oía a las niñas reírse, por lo bajinis, para que las monjas no se dieran cuenta.
-¿De qué os reís?-, les pregunté.
Me señalaron con la mirada hacia el mar.  
Vi a un chico caminando por la orilla.
Dejé de interesarme, porque aún era pequeña y no le veía la gracia.

Las risitas se intensificaron.
El chico venía hacia nosotras.
Llegó por la izquierda y recorrió toda la fila de niñas, como quien pasa revista.
Nos miraba atentamente, una por una.
Todas las cabezas giraban a medida que él pasaba, como giran los girasoles al paso del sol.
Llegó al final de la fila.
Dio la vuelta y empezó a andar en sentido contrario.
De pronto, se acercó a mí.
¡A mí!

Me tendió la mano, abierta, la palma hacia arriba.
Tenía una piedrecita plana, ovalada, color nácar.
Seguramente la había hallado en la arena, al borde del mar.
Miré la piedra y luego le miré a él, asintiendo, como quien dice:
-Vale, la veo...
Pero él no retiró la mano, e insistió con un movimiento hasta que cogí la piedrecita.
Entonces se fue.
Todas las niñas se levantaron y me rodearon curiosas y admiradas.
Querían ver qué me había regalado el chico que caminaba por la orilla.
La piedra tenía una inscripción en forma de espiral.

Ojo de Santa Lucía

Al cabo de los años me enteré de que, en realidad, no era una piedra sino la tapa de un determinado caracol marino. La llaman "Ojo de Santa Lucía". 
 
¡Fue un gesto tan importante para mí...!
Me ha acompañado durante toda la vida.

Guardé la piedra hasta que me casé, a los 22 años. Después la perdí. Pero encontré otras en playas que visitaba, por ejemplo, en Llançà. Las guardaba en un frasco de cristal. Y las iba regalando a personas amigas. Mi amigo Rafa, el astrólogo, se la engastó en un anillo. 
 
El chico de la orilla nunca lo sabrá.


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