Tuesday, 6 October 2026

Sucedió en Lisboa: el señor de los dientes de oro

Mi colegio estaba en una calleja estrecha, paralela a la Praça dos Restauradores, a la derecha si se mira hacia la Avenida da Libertade.

Praça dos restauradores

Era un colegio francés, niños y niñas franceses, profesores franceses, todos hablaban francés de manera natural, salvo yo que no tenía ni idea.

Me pusieron en la clase "Douzième" (12ª), que correspondía a los niños de mi edad, 5 años. Aún no me habían enseñado a leer ni a escribir.

Tan pocos alumnos éramos que solo había dos profesores, que además eran los dueños del colegio: Mademoiselle y Mon Père (sacerdote).

Mademoiselle se ocupaba de los pequeños y Mon Père, de los mayores.

Por lo visto aprendí rápido pues me pasaron pronto a la clase "Onzième" (11ª), para niños de 6 años. Después estuve en la clase "Dixième" (10ª), en la "Neuvième" (9ª), etc. Íbamos subiendo de clase aunque el número de la clase descendía, hasta llegar a "Première" (1ª), según el sistema educativo de esa época en Francia.

El colegio ocupaba un primer piso y había que subir escaleras. Entrabas en un vestíbulo grande y oscuro, sin ventanas. A la derecha, un pasillo llevaba al patio, al que se accedía por un puentecillo. El patio era de grava, y a la derecha había un corral con conejos. Nos quedábamos embobados mirándolos, cómo movían los hocicos al comer hojas de lechuga y zanahorias. 

Conejito comiendo en el corral
 

A la izquierda del vestíbulo se abrían dos puertas, cada una daba a una gran sala luminosa, con un ventanal. La primera era la sala de Mon Père, para los niños mayores, y la segunda, la de Mademoiselle, para los pequeños.

Mi sala tenía varias mesas transversales muy alargadas, que ocupaban todo el ancho de la habitación, dejando un pasillito a ambos lados. Y a cada mesa, con sus bancos de madera, le correspondía una clase. 

Cuando cumplí 7 años, mi clase era la de los mayores de la sala de Mademoiselle, y éramos 5 alumnos, tres niñas: Colette, Diane y yo (me llamaban Mimí), y dos niños: Dominique Laqueue y el otro no me acuerdo cómo se llamaba.

A Colette le pusieron el mote de "Côtelette de beurre", a Dominique, "La queue du chat" y a mí, "Grosse boule", porque era gordita. Diane y el otro niño no tenían motes. 

Mimí

Con Colette hicimos muy buenas migas. Me invitaba a jugar a su casa, y ella venía a la nuestra. 

En mi clase teníamos un libro de historia cuyos dibujos me encantaban, me pasaba horas mirándolos. Nuestros tres héroes eran Jeanne d'Arc, el rey Louis IX (Saint Louis) y Napoléon Bonaparte. Años más tarde, cuando fui al colegio de Valladolid, me quedé consternada al constatar que Napoleón Bonaparte era considerado el malo de la película.

Lo que más me costaba eran los dictados (en francés, por supuesto). Momentos antes de dictarnos un texto, Mademoiselle nos lo mostraba en un papel, y yo intentaba memorizar cuándo se escribía "et" o "est" (que en español sería la conjunción "y" o el verbo "es"), pues en francés se pronuncia de manera parecida y yo no era capaz de distinguirlos.

Me gustaban mucho las canciones que nos enseñaban, por ejemplo:

- Fais dodo mon petit frère

- J'ai du bon tabac dans ma tabatière

- Meunier tu dors, ton moulin va trop vite


Un día mi madre, después de pedir permiso a Mademoiselle, me había dado una moneda de 1 escudo para que bajase a la papelería a comprar un cuaderno que me faltaba. Era la primera vez que salía a la calle yo sola.

La papelería estaba justo enfrente del colegio, a muy pocos pasos. Encontré cerrada la tienda, así que volví a subir las escaleras del colegio con el escudo en la mano.

Mientras subía, bajaba un señor. Me sonrió. Llevaba un maletín y tenía todos los dientes de oro.

Al pasar por mi lado me pidió un besito (beijinho). No me extrañó porque estaba acostumbrada a que los mayores me dieran besitos. Me paré para que me besara. 

Pero fue un beso muy complicado: me abrazaba, me tocaba los lóbulos de las orejas, me levantaba la falda, me acariciaba las piernas, los muslos...

Yo no sabía qué pensar. Tenía miedo de que quisiera quedarse con el escudo que yo apretaba bien fuerte en el puño cerrado, o que me robase los pendientes... 

Entonces tuve una idea: le di una patada en la pierna con toda mi fuerza. Debió de dolerle porque me soltó en el acto, y yo subí las escaleras corriendo y entré en el colegio. 

Se lo conté a Mademoiselle. Ella se quedó muy preocupada y me pedía los detalles del encuentro con aquel señor. También lo conté en casa, y todos preocupadísimos. Yo insistía en el detalle de los dientes de oro y en que llevaba un maletín. Y que me quería robar el escudo y los pendientes.

Notaba que los mayores, cuando yo explicaba que el señor me quería robar, se entrecruzaban miraditas con un significado incomprensible para mí.   

Al cabo de unos días, mi padre me comunicó que habían puesto policía secreta en la zona.

Pasó un tiempo. Yo ya no pensaba en el incidente.

Y la nueva noticia que me dio mi padre fue que la policía había atrapado al señor de los dientes de oro.


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