En el colegio francés, una de mis compañeras se llamaba Diane. Llevaba trenzas.
Tanto a Diane como a mí nos gustaba muchísimo la clase de dibujo. Ambas sacábamos muy buena nota.
Nos enzarzamos en una discusión sobre quién de las dos era la mejor, si ella o yo (cosas de crías). Diane me propuso que, el próximo lunes, trajésemos un dibujo hecho en casa sobre el mismo tema y entonces compararíamos nuestros trabajos.
Las dos leíamos asiduamente un libro con láminas preciosas:
y leíamos también las demás aventuras de Sophie de la colección.
Para nuestro dibujo elegimos esta imagen de Paul, que era el primo de Sophie:
Ese fin de semana me esmeré dibujando a Paul. Lo hice en media cuartilla blanca y lo coloreé con lápices de la marca suiza Caran d'Ache, considerados de la más alta calidad. Me quedé muy orgullosa del resultado obtenido.
Cuando llegó el lunes, Diane sacó un pliego con su dibujo pintado a acuarela. Me quedé boquiabierta contemplándolo.
Estaba tan admirada que no me atreví a mostrarle el mío; dije que se me había olvidado. Ella me explicó que tenía una profesora particular de dibujo. Y ya nunca volvimos a retarnos.
Un día, Arminda, mi criada preferida, me preguntó si tenía una princesa en mi clase. Yo evoqué las imágenes de princesas que había visto en los cuentos:
y respondí que no, ninguna niña de mi clase llevaba corona ni tenía aspecto de princesa.
Hacia final de curso, Diane nos invitó a Colette, a Dominique, al niño cuyo nombre no recuerdo y a mí a merendar en su casa.
Entonces mi madre me explicó que Diane era la princesa d'Orléans. Y se afanó en darme recomendaciones de cómo debía comportarme en su casa.
Sabiendo que yo era bastante glotona, me enseñó algunas reglas de etiqueta: que no debía poner los codos sobre la mesa, ni hablar con la boca llena, ni comer deprisa, ni pedir más, ni lamer el plato si algo me gustaba mucho. Que incluso era mejor dejar un pequeño resto en el plato, pues era una forma elegante de decir que en nuestra casa también comíamos bien.
Actualmente lo que se considera correcto es comer hasta el último bocado que nos han preparado, como muestra de agradecimiento a la persona que se esforzó en cocinar para nosotros.
La residencia principal de la familia durante su exilio en Portugal fue la Quinta do Anjinho, en Sintra, a unos 30 km de Lisboa.












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